¿Por qué ser un filósofo frustrado (un Sócrates luchando contra sus inclinaciones poéticas) cuando se puede ser algo más grande, como un poeta frustrado? ¿Que "la fe mueve montañas"? ¡Bah! La falta de fe mueve hombres... Y los transforma en héroes... Y esa condición los hace superar en estatura y masa a las montañas... No hay acto más libre que el de Pensar. No ha nacido ejército en la Tierra capaz de subyugarlo. Pienso, luego soy libre.
miércoles, 4 de agosto de 2021
None.
jueves, 20 de mayo de 2021
Tener niños no es “afirmación de la vida”: es inmoral. ¿Niños? Mejor di “No”. Traducción de artículo.
https://aeon.co/essays/having-children-is-not-life-affirming-its-immoral?fbclid=IwAR2XmuURiDGpX5_qcCVGNrfcNo5qfHlaoigelIn_GDMVwNRxNnteK4cW_tI
Tener niños no es
“afirmación de la vida”: es inmoral.
¿Niños? Mejor di “No”.
No te tienen que desagradar para ver los daños hechos al
tenerlos.
Una problemática moral contra la procreación.
Por David Benatar[i].
Traducción, Philippe O. Lanada.
En 2006, publiqué un libro llamado “Mejor nunca haber llegado a ser”.
Argumentaba que venir a la existencia supone siempre un daño serio. La gente no
debería, bajo ninguna circunstancia, procrear: posición llamada
“antinatalismo”. En respuesta, los lectores escribieron cartas de
encarecimiento, apoyo, y desde luego, indignación. Pero también recibí este
mensaje, el cual es la más punzante retroalimentación que he recibido:
“He sufrido horriblemente desde que era adolescente debido al tremendo bullying
en la escuela, dejándome profundamente traumado, al punto que hube de
abandonarla. Desgraciadamente, también tengo un aspecto horrible, y he sido
juzgado, escarnecido, insultado, por ser “bastante feo”, incluso por uno que
otro desconocido en la calle, lo cual sucede normalmente casi a diario. Me han
dicho que soy la persona más fea que han visto. Es algo con lo que es muy
difícil lidiar. Luego, para colmo, fui diagnosticado con una seria cardiopatía
congénita cuando tenía sólo 18, y ahora a mis pocos veintes, padezco una grave falla
cardiaca y una arritmia dañina que amenazan con matarme. Mi corazón ha estado a
punto de pararse repetidas veces y me las tengo que ver con el miedo a una
muerte repentina cada día de mi existencia. Me paraliza el miedo a la muerte, y
la agonía y tormento de su inminencia es indescriptible. No me queda mucho
tiempo y lo inevitable sobrevendrá pronto. Mi vida ha sido un verdadero
infierno y ni siquiera sé ya qué pensar. Ciertamente, sentenciar a alguien a un
mundo tal es el peor de todos los crímenes, y una violación moral grave. Si no
fuera por el deseo egoísta de mis padres, no estaría hoy aquí sufriendo lo que sufro sin razón
alguna: podría haberme quedado esparcido en la paz absoluta de la
“no-existencia”, pero estoy aquí viviendo esta tortura cotidiana”.
No se necesita ser “antinatalista” para conmoverse con estas palabras (las cuales son citadas con autorización).
Alguien podría sentirse inclinado a decir que la situación de quien me escribe
es excepcional, la cual no debería conducirnos al antinatalismo. Sin embargo,
el sufrimiento grave no es un fenómeno raro, y por ende, el antinatalismo es un
punto de vista que, al menos, debería ser tomado seriamente y considerado con
mente abierta.
La idea del antinatalismo no es nueva: ya en el “Edipo en Colono” de Sófocles,
el coro declara que “no haber nacido es, lejos de toda consideración, lo
mejor”. Una idea similar se encuentra en el Eclesiastés. En Oriente, tanto
Hinduismo como Budismo tienen una visión negativa de la existencia (incluso si
no tan a menudo llegan al extremo de oponerse a la procreación). Varios
pensadores de tiempo ha también han reconocido cuán penetrante es el
sufrimiento, lo que los ha explícitamente llevado a oponerse a la procreación:
Schopenhauer podría ser el más famoso, pero otros incluyen a Peter Wessel
Zapffe, Emil Cioran y Hermann Vetter.
El antinatalismo será sólo siempre una opinión minoritaria porque se opone al
profundo instinto de tener hijos. Empero, es precisamente porque se yergue ante
semejante antípoda que la gente dedicada al pensamiento debería detenerse y
reflexionar en vez de rápidamente desecharlo por descabellado o malvado. No es
nada de ello. Por supuesto que distorsiones de él, o intentos por imponerlo a
la fuerza, bien que podrían ser peligrosos –aunque lo mismo es cierto para
otros puntos de vista. Correctamente entendido, no es el antinatalismo, sino su
opuesto, la idea peligrosa. Dada la suma de desgracia existente –concomitante
al hecho de ser traído a la existencia-, sería mejor si no hubiese esa
insoportable ligereza en “traer al ser”.
Pero incluso si la vida no consiste sólo en sufrimiento, llegar a la existencia
puede todavía ser suficientemente dañino como para hacer mala la procreación.
La vida es simplemente mucho peor de lo que mucha gente cree, y hay poderosos
instintos que la afirman incluso cuando ésta es terrible. La gente podría estar
viviendo vidas que siquiera eran valiosas de comenzar, sin percatarse que este
fuera el caso.
La insinuación de que la vida es peor de lo que la mayoría de la gente cree es
a menudo recibida con indignación. ¡Cómo puedo atreverme a decirles cuán pobre
es la calidad de su vida! ¿Seguro que dicha calidad es tan buena como les
parece? Dicho de otra forma, si su vida se siente como si tuviera más bien que
mal, ¿cómo podrían en modo alguno estar equivocados?
Es curioso que la misma lógica sea raramente aplicada a aquellos que están
deprimidos o a los suicidas. En este caso, la mayoría de los optimistas se
orillan a pensar que las evaluaciones subjetivas pueden ser erróneas. Empero,
si la calidad de vida puede ser subestimada, también puede estar sobreestimada.
En efecto, a menos que uno supere la distinción entre lo mucho de bien y mal
que una vida de hecho contiene y
cuánto de cada cual alguien cree que
contiene, se hace claro que la gente puede estar equivocada en cuanto a esto
último. Tanto sobreestimación como subestimación de la calidad de vida son
posibles, pero la evidencia empírica contra varios sesgos cognitivos,
especialmente contra el sesgo optimista, sugiere que la sobreestimación es el
yerro más común.
Considerando las cosas cuidadosamente, es obvio que debe haber más mal que
bien. Y es así porque hay asimetrías empíricas entre las cosas buenas y malas. Los
más terribles dolores, por ejemplo, son peores que buenos los mejores placeres.
Si lo dudan, pregúntense –honestamente- si aceptarían un minuto de las peores
torturas a cambio de un minuto o dos de las más grandes delicias. Y los dolores
tienden a durar más que los placeres. Compárese la naturaleza fugaz de los
placeres del gusto o sexual con el carácter duradero de un gran dolor. Hay
padecimientos crónicos, de la espalda baja o articulaciones, por ejemplo, pero
no hay tal cosa como placeres crónicos (una sensación duradera de satisfacción
es posible, pero también lo es una de insatisfacción; ergo, la comparación no
favorece la preponderancia de lo bueno).
Una lesión ocurre rápidamente, la recuperación es lenta. Un émbolo o proyectil
puede derribarte en un instante –si no te matan, la recuperación será larga. El
aprendizaje lleva toda una vida, pero puede ser borrado en un momento. La
destrucción es más fácil que la construcción.
Tratándose de la satisfacción de los deseos, también las cosas se apilan ante
nosotros. Muchos deseos nunca son satisfechos, y cuando lo son, es a menudo
tras un largo periodo de insatisfacción. Tampoco la satisfacción dura, pues la
satisfacción de un deseo lleva a un nuevo deseo –el cual necesita en sí mismo
ser satisfecho en un momento futuro. Cuando se pueden cumplimentar los más
básicos deseos de uno mismo, tales como el hambre, con cierta regularidad,
deseos de más alto nivel surgen. Hay una noria y una escalera eléctrica de
deseos.
En otras palabras, la vida es un estado de esfuerzo continuo. Tenemos que
invertir esfuerzo para sustraernos al displacer –por ejemplo, evitar el dolor,
calmar la sed, minimizar la frustración. En la ausencia de esfuerzo, el
displacer sobreviene fácilmente, pues tal es el estado prístino.
Cuando las vidas prosiguen su curso así como prácticamente pueden proseguirlo, son mucho peores de lo que idealmente serían. Por ejemplo,
conocimiento y entendimiento son cosas buenas. Pero los más cultivados y
perspicaces entre nosotros saben y entienden excesivamente menos de lo que hay
que saber y entender. Entonces, nuevamente, lo hacemos mal. Si la longevidad
(en buen estado de salud) es cosa buena,
entonces, una vez más, nuestra condición es mucho peor de lo que idealmente
podría ser. Una vida longeva de 90 años está mucho más cerca de los 10 o 20
años de lo que lo está una de 10,000 o
20,000. Lo real (casi) siempre queda corto a lo ideal.
Los optimistas responden a estas observaciones con rostro valiente: arguyen que
aunque ciertamente la vida contiene mucho de malo, las cosas malas son
necesarias (de un modo u otro) para las cosas buenas. Sin dolor, no evitaríamos
el daño físico; sin hambre, la comida no satisfaría; sin esfuerzo, no habría
logro.
Pero la abundancia de cosas malas es claramente gratuita. ¿Es realmente
necesario que los niños nazcan con anormalidades congénitas, que miles de
personas sucumban a la inanición todos los días, y que el enfermo terminal
padezca sus agonías? ¿Necesitamos realmente sufrir dolor para disfrutar placer?
Incluso si alguien piensa que se necesita el mal, acaso para mejor apreciar el
bien, uno debe admitir que sería mejor si ese no fuera el caso. Es decir, la
vida fuera mejor si pudiésemos tener bien sin mal. De este modo, nuestras vidas
son mucho peores de lo que podrían ser. De nuevo, lo real es mucho peor que lo
ideal.
Otra réplica optimista es sugerir que estoy planteando un estándar imposible.
Según esta objeción es poco razonable sostener que nuestros logros
intelectuales o esperanza de vida deban ser juzgados por estándares humanamente
imposibles. Las vidas humanas deben ser ponderadas por estándares humanos,
podrían argüir.
El problema es que este argumento confunde la cuestión de “¿Cuán buena una vida
puede un ser humano razonablemente esperar?, con esta otra: “¿Qué tan buena es
la vida humana?”. Es perfectamente razonable echar mano de estándares humanos
para responder a la primera. Sin embargo, si nos interesa la segunda cuestión,
no podemos responderla simplemente señalando que la vida humana es tan buena
como es, lo cual es lo que el uso de estándares humanos implica (una analogía:
dado que la esperanza de vida de un ratón en su ambiente natural es menos de un
año, a un ratón de dos o tres años podría estarle yendo realmente bien –pero
sólo a este ratón. No se sigue que a los ratones les vaya bien en dicho estándar
de longevidad. Los ratones están, en este sentido, en peor situación que los humanos,
como los humanos lo están respecto a las ballenas boreales).
Dado todo lo anterior, es difícil escapar a la conclusión que todas las vidas
contienen más mal que bien, y que están más privadas de bien del que contienen.
Empero, tal es la afirmación de la vida, que mucha gente no puede reconocer
esto.
Una importante explicación para ello es que al deliberar sobre si sus vidas
fueron dignas de haberse empezado, mucha gente de hecho (aunque típicamente de
modo inconsciente) considera una cuestión distinta, a saber, si sus vidas son
dignas de continuarse. Porque se imaginan a sí mismos no existiendo, su reflexión
en la no existencia es con referencia a un yo que ya existe. Es entonces muy
fácil deslizarse en la consideración de la pérdida de ese “yo”, que equivale a
lo que es la muerte. Y dado el instinto vital, no es sorprendente que la gente
llegue a la conclusión que la existencia es preferible.
Preguntar si sería mejor nunca haber existido no es lo mismo que preguntar si
sería mejor morir. No hay interés en llegar a la existencia. Más lo hay, una
vez uno existe, en no cesar de existir. Hay casos trágicos en el que el interés
en continuar existiendo es suprimido, a menudo para poner fin a un insoportable
sufrimiento. Sin embargo, si dijésemos que la vida de alguien no es digna de
continuar, las cosas malas de la vida necesitarían ciertamente ser suficientemente
malas para anular el interés en no morir. En contraste, porque no hay interés
en venir a la existencia, tampoco lo hay en que las cosas malas necesiten
suprimir, al punto en que digamos que sería mejor no crear la vida. Entonces,
la calidad de una vida debe ser peor para que una vida no sea digna de ser
continuada de lo que necesita ser para que no sea digna de ser comenzada (Este
tipo de fenómeno no es extraño: una obra en el teatro, por ejemplo, puede no
ser suficientemente mala como para irse, pero si supieras por adelantado que
sería tan mala como es, no habrías asistido por principio de cuentas).
La diferencia entre una vida que no es digna de empezarse y otra que no es
digna de continuarse parcialmente explica por qué el antinatalismo no implica suicidio
o asesinato. Puede ser el caso que la vida de alguien no fuera digna de
comenzarse sin ser el caso de que esta misma vida no fuera digna de
continuarse. Si la calidad de vida de alguien no es suficientemente mala como
para anular el interés en no morir, entonces su vida es aún digna de
continuarse, aunque los presentes y futuros daños son suficientes para que sea
el caso que dicha vida no fuera digna de haberse comenzado. Además, dado que la
muerte es mala, aun cuando haga cesar todas las cosas malas anteriormente
consideradas, es una consideración contra la procreación – así como contra el
asesinato y suicidio.
Hay razones adicionales por las que un antinatalista debería oponerse al
asesinato. Una de éstas es que una persona no debería forzar en otra (competente)
la decisión de si la vida de esta última ha cesado de ser digna de continuarse.
Porque nadie puede tener la certeza sobre este asunto, tal decisión debería, en
la medida de lo posible, ser tomada y llevarse a cabo por la persona que bien
viviría o moriría en consecuencia.
La confusión entre comenzar una vida y continuarla no es el único modo en que
la afirmación de la Vida obnubila la habilidad de la gente para ver que aquélla
contiene más mal que bien. Tener niños es visto como una de las más profundas y
satisfactorias experiencias que se pueden tener –aunque arduo trabajo, desde
luego. Muchos lo hacen, por razones biológicas, culturales, o por amor. Dado
cuán gratificante y ampliamente extendida es la procreación, es realmente
difícil que la gente la vea como algo equívoco.
La problemática moral contra la procreación, a favor del cual he estado
argumentando, no necesita descansar en el punto de vista de que venir a la
existencia es peor que nunca haber existido. Basta mostrar que el riesgo de un
daño serio es alto.
Si crees como mucha gente que la muerte es un daño serio, entonces el riesgo de
sufrir semejante calamidad es cien por ciento seguro. La muerte es el destino
de todo aquél que llega a la existencia. Cuando concibes un hijo, es sólo
cuestión de tiempo para que la última calamidad caiga sobre él. A mucha gente,
al menos en tiempos y lugares en que la tasa de mortalidad infantil es baja, se
les ahorra atestiguar esta terrible consecuencia de su reproducción: esto podría
aislarlos del horror, pero deberían saber, sin embargo, que todo nacimiento es
sólo una muerte en potencia.
Algunos desearían seguir a los epicúreos y negar que la muerte sea per sé algo malo. Empero, incluso descontando la
muerte en sí –no poca hazaña-, hay un amplio rango de terribles destinos que
pueden caer sobre cualquier niño traído a la existencia: inanición, violación,
abuso, asalto, enfermedades mentales graves, enfermedades infecciosas, cáncer,
parálisis. Esto produce una ingente cantidad de sufrimiento antes que la persona
muera. Los padres prospectos imponen estos riesgos en los niños que
eventualmente crean.
La magnitud del riesgo obviamente varía, dependiendo en factores tales como la
ubicación temporal y geográfica, el sexo. Incluso controlando estas variables,
los riesgos en el lapso de vida son difíciles de cuantificar. Por ejemplo, la
violación es significativamente subreportada, y hay datos contradictorios
acerca de cuán poco lo es. De modo
similar, los estudios sobre enfermedades mentales tales como desórdenes por
depresión grave a menudo subestiman el riesgo en el ciclo vital, en parte
porque los sujetos de estudio todavía no han experimentado la depresión que más
tarde les afectará. Incluso si tomamos las estimaciones más bajas en el cúmulo
de riesgos de todas las distintas desgracias que pueden caer sobre la gente,
las probabilidades de éstas se acumulan profundamente contra cualquier niño.
Los riesgos sólo del cáncer son substanciales: en el Reino Unido, un brutal 50%
desarrollará la enfermedad. Si la gente impusiera tales riesgos de los
susodichos daños en contextos ajenos a la procreación, sería ampliamente
condenada. Los mismos estándares deberían ser aplicables a la procreación.
Todos los anteriores argumentos critican la procreación sobre la base de lo que
ésta hace a la persona que es traída a la existencia: a estos llamo argumentos
“filantrópicos” a favor del antinatalismo; hay también un argumento
“misantrópico”. Lo que es distintivo de éste es que critica la procreación
sobre la base del daño que la persona creada (probablemente) hará. Es presumiblemente equívoco crear
nuevos seres que probablemente causarán un daño significativo a otros.
El Homo Sapiens es la especie más destructiva, y grandes cuotas de tal
destrucción son infligidas sobre otros humanos. Los humanos se han matado unos
a otros desde el origen de la especie, pero el nivel (no la medida) del
asesinato se ha expandido (no menos porque ahora haya muchos más humanos que
matar de los que hubo en casi toda la historia humana). Los medios a través de
los cuales los humanos han sido asesinados han sido lamentablemente diversos:
incluyen apuñalamiento, descuartizamiento, flagelación, ahorcamiento, cámaras
de gas, envenenamiento, ahogamiento, bombardeos. También han hecho conocer a
sus semejantes otros horrores: persecución, opresión, palizas, marcas con
hierro al rojo vivo, mutilaciones, tormento y tortura, violación, secuestro y
esclavitud.
Los optimistas arguyen que los futuros niños improbablemente pueden contarse
entre los perpetradores de semejante mal, y esto es cierto: sólo una pequeña
proporción de ellos se convertirán en autores de las peores barbaridades contra
la humanidad. Sin embargo, una mucho más significativa proporción facilita
tales males: persecución y opresión a menudo requieren la aquiescencia o
complicidad de una multitud.
En cualquier suceso, el daño que los humanos ejercen sobre otros no queda
restringido a las más serias violaciones a los derechos humanos. La vida
cotidiana está llena de deshonestidad, traición, negligencia, crueldad, daño
emocional, intolerancia, explotación, ruptura de confianza, violación de
privacidad. Incluso cuando lo anterior no mate o físicamente lastime, puede
causar considerable daño psicológico o de otro tipo. De tales daños, todo mundo
es, en grado variable, perpetrador.
Aquellos que no están convencidos acerca del daño que un niño promedio puede
infligir en otros es suficiente para apoyar la conclusión antinatalista,
tendrán que estimar el inmenso daño que el género infiere a los animales. Más
de 63 billones de animales terrestres y, en cálculos muy conservadores, más de
103 billones de acuáticos son asesinados para consumo humano cada año. La
cantidad de muerte y sufrimiento es simplemente asombrosa.
Todo esto debido al humano apetito por la carne animal y sus productos: apetito
compartido por la vasta mayoría de humanos. Valiéndonos de estimaciones muy
conservadoras, cada humano (que no es vegetariano ni vegano) es, en promedio,
responsable de la muerte de 27 animales al año, o 1690 animales durante el
transcurso de una vida.
Quizá pienses que criando niños veganos puedes soslayar el alcance del
argumento misantrópico. Empero, cada recién nacido, incluso si fuese vegano, es
muy proclive a contribuir a la degradación medioambiental, uno de los medios
por los cuales los humanos dañan a otros humanos y animales. En el primer
mundo, la contribución per cápita al daño medioambiental es considerable; mucho
más baja es en el tercer mundo, pero las más altas tasas de natalidad allí
equilibran el ahorro per cápita.
Si alguna otra especie causase tanto daño como la humana, pensaríamos que fuera
un yerro la crianza de nuevos miembros de dicha especie. La crianza de humanos
debería considerarse bajo el mismo criterio.
Esto no implica que deberíamos dar un paso más allá e intentar la erradicación
humana a través de una “solución final” sobre toda la especie. Aunque los humanos
sean enormementedestructivos, intentar su erradicación causaría un daño
considerable, amén de violar apropiadas prohibiciones de asesinato. Podría a su
vez ser contraproducente, causando más daño del que busca evitar, como muchos
violentos utopistas han hecho.
El argumento misantrópico no niega que los humanos pueden hacer el bien además
de causar daño. Sin embargo, dado el volumen de daño, parece improbable que el
bien lo balance. Podría haber casos individuales que hacen más bien que mal,
pero dados los incentivos de auto decepción en este respecto, las parejas que
están contemplando la procreación deberían ser extraordinariamente escépticas
de que el niño que procreen será una rara excepción.
Tal como aquellos que buscan compañía animal deberían adoptar un perro o gato
abandonados en vez de criar nuevos, aquellos que quisiesen criar un niño
deberían adoptar en vez de procrear. Desde luego, no hay suficientes expósitos
para satisfacer a quienes anhelan la paternidad, y hubiera incluso menos si
aquellos que los producen adoptasen el antinatalismo de corazón. Sin embargo,
siempre y cuando los haya, su sola existencia es razón adicional contra quienes
prefiriesen criarlos.
La crianza, ya como descendencia biológica o por adopción, puede traer
satisfacción. Si el número de criaturas abandonadas llegase alguna vez a cero,
el antinatalismo implicaría la privación de este beneficio a aquellos que
aceptasen la prohibición moral de procrear. Eso no significa que debamos
rechazarlo. La recompensa de volverse padre no compensa el serio daño que la
procreación podrá causar en otros.
La cuestión no es si los humanos se extinguirán, sino cuándo. Si los argumentos
antinatalistas son correctos, sería mejor, de marchar según lo previsto, que
sucediese más pronto que tarde, pues, de ser así, más sufrimiento y desgracia
serán evitados.
[i] David Benatar es profesor de filosofía y jefe de dicho departamento en la Universidad de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, donde también dirige el Centro de Bioética; su último libro es “The human predicament: a candid guide to life’s biggest question”, 2017 (“El predicamento humano: guía honesta para la cuestión más grande de la vida”, aún sin traducción al castellano, nota del traductor).
sábado, 15 de mayo de 2021
Salvar.
El magma de mis venas es azul y constante,
el “runrún” en la azotea, un moroso inquilino
al que voy incorporando a la familia…
Aterrizó cual meteoro, extinguiendo criaturas
sin cesar; como avión sin motores;
aterrizó lo hórrido, la catástrofe:
la Tierra verde se cubrió de “¡ahyes!”,
de blasfemia, de tremor, y hasta piedras murieron…
Todo fue fulminado: la alada filosofía,
la Ciencia del Amor; los soplos, retenidos:
Murió la Vida; no hay nada qué hacer…
Salvemos lo que se pueda: a la Cucaracha suspicaz,
al Caballo parlante y sabio, cables del tejado,
gente que cuelga del tendedero y no vemos
(porque los sentidos engañan, o el Juicio),
salvemos lo que se pueda, ¡oh!,
salvemos lo que carece de nombre,
y que aún nos espera con ojos vidriosos, de perro…
La hora.
¿Qué fuerzas
plutónicas, uránicas, radioactivas al rojo te poseen,
Corazón de hielo, planta o arcilla? Hombre modelado,
artesanal e insignificante… No fue la Noche,
la críptica bóveda que los secretos esconde;
No fueron dioses, sino Legión lo que en tu nariz sopló…
Y fuiste carne y gélida frustración… Agonía en el Tiempo…
¿Cuándo el botón fue apretado, cuándo el anafre y sus famélicas chispas
incineraron, o quisieron hacerlo, tu
piel de seda?
¿En qué momento la Tragedia te acorraló y adoptó y acostó contigo?
Ah, ¡cómo, con tu alma prostituta, te dejaste seducir!
El tejido sideral nunca te fue suficiente, y temblabas en su cobijo,
lo sé… Buscaste diamantes en la mugre de las manos anónimas,
oro en la mierda, Ambrosía en comida grasienta, Amor…
Por eso yaces acribillado, lamentándote y en letanía…
Por eso arrancas de cuajo mechones de tu cabeza;
por eso hablas el idioma de los animales, de los minerales…
Por eso la música triste y la inútil búsqueda
de Dios…
¡Oh, si al menos la Poesía fuera de nueve milímetros!
Y el dolor mínimo, y el pecho más grande,
y la Galaxia más lejana, y las piedras bajo tus pies fundidas…
La hora fatal llegó sin anunciarse: la hora del desengaño,
la hora criminal, de la gnosis, del asesinato…
La hora que saciará la sed…
*************
El Sol y su pecho desnudo; la jeta azul,
borrascosa del Horizonte…
la mano morena del ocaso; el gesto fatal de la nube,
de la Mariposa que cual Hermes anuncia el Destino…
Todo me es de alguna manera nefando: el patíbulo rehuirá…
El Subjuntivo no sangra: es papel, es promesa traicionada…
El maremágnum persiste, sin embargo: me ahogará, lamerá,
follará… La escena será catártica, inmaculada y epopéyica…
El momento ha llegado…
domingo, 9 de mayo de 2021
El Fachas....
Fachas, nueve
de mayo, dos mil veintiuno,
historia de una adopción,
o de una “redención”.
Querría hacer esta pequeña historia sin la plaga de las referencias, sin las
citas eruditas, libre de polvo y paja, como quien dice… Pero me es difícil no
citar la enfermedad metafísica, la enfermedad cultural que nos corroe, que por
el desagüe de la “civilización” deja escuchar su “guruguru” tan constante, tan
acuciante… Querría no apelar al Génesis, a Descartes, a Dostoyevsky o a
Niestzsche, e incluso a muchos otros, encargados que fueron de ser como faros
en medio de la tempestad, de esta “humanidad” podrida (yo incluyéndome)… Lo
haré al final de cualquier manera: porque este escrito no se trata de lo que sé
o no (que es casi todo); tampoco de moralizar (qué hueva, que cada uno se haga
cargo), ¿o de reformar a esta sociedad
de pacotilla, de mentiras e inmundicia? Porque lo es, aunque aparente (cual su
natura) lo contrario…
Esto va sobre el rescate animal; va sobre cierta experiencia colectiva: cierto
logro, cierta forma solidaria y apolítica en donde las cosas se logran en
comunidad, en donde es “sí o sí”, con un par de huevos…
Esto va sobre mis vecin@s y yo, pero sobre todo, del “Fachas”…
*********
^***********
Vas caminando y casi todo te es indiferente: los postes, semáforos, pandemia, restaurantes
con comensales, el día con su sol y el sol con su “rotación” con sus áureos
gestos de malcogidada y sus prisas que se
expresa en sudorosas jetas, en sobacos al aire y gente que le vale un p*to lo que sucede, y
está bien, pero te vienen a la parada del camión a olfatear el dorso de la
mano, primero con timidez, luego con algo de certeza… ¿Y qué haces? ¿Lo pateas,
lo ahuyentas, igual que todos? No puedes… Te pide algo, muy a su manera…Tal vez
agua… Y todos vamos podridos por lo que
fuera; y nadie quiere saber de nada, y menos de un pinche perro “de la calle”…
**********************************
Así que Él, el despreciado de la sociedad y de la puta vida, “se va por ahí”,
relegando tras sus pasos y también con sus pulgas y hedor lo que nos toca como “humanidad”; se sacude el
polvo como puede (porque ya no); se rasca antes de atravesarse la avenida, y
quizás añore un coche que a velocidad de Schumacher le pase encima y todo se
acabe, pero se la juega, con todo… Sólo para llegar a otro vecindario más, a
otra colonia, porque allí hay otra perra en celo, aún cuando de semen y médula
tenga menos que fuerzas para caminar; que escupido, injuriado y aderezado de
patadas haya vivido doce o catorce años… Pero allí va, rengueando y sin
precaución, porque la vida ya poco le importa, porque al fin y al cabo, lleva
doce o catorce años haciéndolo (¿llevará la cuenta?)…
+++++++++++++++++++++++
Mientras que tú, o tú, o tú, o yo (bueno, yo no, porque trabajo en casa y por
eso escribo esto), vamos corriendo porque si no, nos descuentan el vale de la
puntualidad, ¿y un pinche perro qué? ¿una mierda “moviente” antes que
“sintiente” que se te acerca a ver si le das agua, aun cuando te lo comunique
con lo único que puede: los ojos vidriosos y la lengua colgando y la cola
normalmente entre las nalgas medio agitándose? ¿de verdad hay que pasar de
largo? ¿De verdad somos tan “sentimentales”, tan “sentimentaloides”? ¿De verdad
la Compasión –María Zambrano, Schopenhauer y más- nos es ya cosa tan
desconocida?
Lo veo, y me querría hablar –tal vez, o mejor, seguramente, para mentarme mi
madre- pero no puede: se remite a sacarme la lengua seca, a infructuosamente
sacarse las lagañas con las patas, pero no a aullar como yo con mi patético
sentimiento que él me inspira… Y se atraviesa el arroyo vehicular, y algunos se
pararán otros “normalmente” no… Pero Fachas, como le puse, como otros y yo le
pusimos, se la rifará, y la mayoría de automovilistas le cederán el paso
cansado y puteado y arrastrado de esta pinche vida, y así sucio y escupido
llegará a las calles de colonia Observatorio…
************************************
Fachas ronca ahora mismo, porque no lo ha hecho en años: dormir en la calle es,
como bien sabe, una mierda… Fachas ahora mismo sueña, tal vez, con el
genocidio, con la “solución final”, con “gasear” al género humano y que deje de
una jodida vez de putear al Paraíso, porque los nombres ya fueron: perro es
perro, planta es planta, estrella es estrella, musgo es musgo, pero el Cuidado
de tal Jardín no fue dicho, y Fachas sigue, como todas las bellas criaturas de
la Tierra, esperando (¿qué más hará un animalito), esperando, a ver cuándo “el
hecho a su imagen y semejanza”, se hará cargo, mientras ve su celular y se
espanta del ecocidio que ya nos deja sentir el ahlito en la nuca…
*****************************
¿Por qué Nietzsche, el filósofo más lúcido y brillante después de Platón (desde
mi particular punto de vista), abrazó poco antes de su “locura” al caballo, y
con lágrimas le pidió perdón?
Fue en el siglo diecinueve, como se sabe; fue en un siglo europeo muy
restringido con las costumbres, al punto que se le vio como un “loco”
Ahora no nos lo parece, a menos que veamos, que querramos ver la escena
completa:
La metafísica precedente, a partir de René Descartes, dudó de todo aquello que
no era “certeza”, y de allí el famoso silogismo de “si dudo es porque pienso, y
si pienso es porque existo”, fundando un nuevo horizonte de pensamiento al
establecer el gran “YO” cultural, y la división “SULETO-OBJETO” todo ello en
detrimento de los demás, puesto que si podemos epistémicamente dudar si el
barrendero es o no es un uniforme con escoba pero sin nada dentro (leer
“Meditaciones metafísicas”, una, una, de las grandes obras de Descartes),
también perfectamente podemos dudar de si el perro o gato o caballo sienten
placer o dolor… Y Creo que ni Protágoras fue tan lejos en la Grecia ilustrada,
con aquello de que “el Hombre es la medida de las cosas, de las que son en
cuanto son y de las que no en cuanto no”… Creo que la Ciencia es estúpida, al
declarar hace poco a los animales como “seres sintientes”… Creo a veces que la
Ciencia, con mayúsculas, es una pendejada: parece querer ocupar el lugar
judeocristriano que previamente defenestró, es decir, el de la Fe… Pero ya estoy
proponiendo un berenjenal…
A Fachas como a muchos animalitos y a la Naturaleza se les ha puteado por mor
de la lógica enferma de la Cultura y el Capitalismo, y ya lo dije…. No sé si lo
podré explicar con suficiencia, sólo sé que éste no es el lugar ni el momento….
***************
Fachas es un perrito, una criatura sin Creador quizás, que vive en nuestra
urbes como muchos, al techo del desamparo, y es nuestra puta OBLIGACIÓN
solucionarlo.
El débil debe ser protegido, y eso no lo va hacer ningún culero político; eso
lo tenemos que hacer como “sociedad” si es que lo somos…
El género humano no es el “amo y señor de la Tierra”…
Se nos prestó, y no hemos sabido cómo llevarlo a cabo…
Es por eso que un Perro deviene en símbolo: del cuidado, del Amor y atención a
que hemos venido… no les debemos ningún favor: Ellos nos hacen del favor de
recordar quiénes somos, vecinos, amigos, y hermanos… Son ellos quienes están
aquí para medirnos nuestro grado de mierdés o de bondad… Ya basta de hacernos
pendejos…
Fachas es como muchos de la sociedad: un marginado, un “outsider” (bueno, eso
es más “humano”…)…
************************
Nuestra culera enfermedad metafísica se resume en esto: “lo que no soy yo es
objeto”…. Vaya logro intelectual, cultural, civilizatorio : constatar que “Ellos”
son seres “sintientes”… ¿de verdad hay alguien que crea en tamaña pendejada?
Despertemos al filósofo del “pesimismo””, que fue Schopenhauer, Arthur
Schopenhauer, como si dijéramos Séneca, para que nos vomite encima… Cuando él
en siglo diecinueve ya decía que el animal era inteligente… Rompió desde sus
costuras a nuestro ridículo concepto de ser “únicos, hechos a imagen y
semejanza”…
Y aún diría más, mucho más…
Sólo estoy furioso, emputado, por el maltrato animal y lo que sigue de ello:
por todo aquello por lo que de momento no puedo pelear…
******************************
¿Por qué Nietzsche lloró ante el caballo? No sé… Mucha literatura al respecto,
amable lector; a mí sólo me atañe el fachas…
Lloremos, sí, por los que dependen de nosotros, pero no es suficiente…
“Hagamos”, pues, “hagamos”…. Y no sigamos preguntándonos, o esperando a algún
imbécil del partido, “¿qué hay que hacer?”… ¿Qué hueva?...
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Lo más importante: rescatar a Fachas no fue una labor solitaria, sino de vecinos generosos y empáticos: yo solo jamás hubiera podido...
Ha sido una labor comunitaria para ayudar al más débil: quienes están privados del lenguaje humano: ¡pero humanas los habemos!
jueves, 16 de enero de 2020
Rincón. Poema
y Calíope, diseño de papel sanitario
(donde) medio mundo se limpia el culo con la Musa
y el Poeta: “Canario de los tiempos”,
y la embriagues no significa,
y la Palabra (maldita) cual cítrico se exprime,
desprecia, y arroja a la basura…
Cuando un día es como catarata
lagaña de Bukowski,
espeso (¿femenino, clásico?)
marchito y con enfisema,
somnoliento… rancio aliento…
Un día en que la Mierda habría de bautizarse de nuevo….
Un invierno gris, mentada de madre,
cual verso como planta,
verde esputo, verde forma,
poemas verdes, atrevidos,
arengas de… ¿moralista?
¡Ved sus rostros! ¡Leed! Surcos
arrugas, bostezo: la sinfonía del cansancio,
blasfemia,
¡discapacidad del Espíritu!
¿Dónde la ayuda social…?
Su muleta, ¡bah!, su muleta…
Pobres bastardos… Pobre Dios en el que creen…
Pobre diablo…
Cuando un día más pobre que el Pobre
arrastra sus rodillas sobre el pavimento…
Hay, sin embargo, Blues…
Coraje callado, labios mordidos,
sonidos guturales y ojos crispados
moneda volcada a nuestro favor…
Dios es un pobre Diablo…
miércoles, 4 de diciembre de 2019
"El asesinato de Hipatia de Alejandría". Traducción de artículo.
Una lucha sobre todas las cosas visibles e invisibles, desplegando magia práctica, imperio, y hombres terribles.
Por Soraya Field Fiorio.
Traducción: Philippe O. Lanada.
Al claro de una mañana de primavera del año 415 D.C., en la ciudad de Alejandría –epicentro intelectual del decadente imperio romano-, Hipatia, filósofa pagana, era asesinada por una turbamulta de hombres cristianos. Estos hombres, llamados “parabolanos”, conformaban una milicia voluntaria de monjes cuyo desempeño de esbirros estaba al servicio del arzobispo. Su comando esencial era el socorro de muertos y moribundos, pero podían ser más fácilmente encontrados aterrorizando grupos cristianos antagónicos o arrasando templos paganos. A instancias de Cirilo, obispo de Alejandría, habían ya destruido los remanentes de la otrora famosa biblioteca de la ciudad. Barrieron con templos, atacaron núcleos judíos, estropearon piezas maestras de arte clásico que consideraban “demoniacas”, mutilándolas y luego derritiéndolas para extraer el oro. Y entonces posaron sus ojos en la amada maestra de matemáticas y filosofía de la ciudad, cuyo rango social no iba a la zaga del de los hombres más importantes de allí. No entendiendo nada de su filosofía, llamáronla “bruja”. Extrajeron a la anciana maestra de su carruaje mientras daba un paseo, y la arrastraron dentro de un templo; fue desnudada, desollada con valvas dentadas de ostras, desmembrada, y sus restos con sorna exhibidos por las calles, para finalmente ser quemados en una parodia de sacrificio pagano.
La muerte de Hipatia marcó el fin del paganismo y el triunfo del cristianismo, acto final de una guerra centenaria librada por la nueva religión contra el mundo antiguo.
Nació Hipatia en torno al 355 dentro de la élite romana, educada por su prestigiado padre, el matemático Teón; viviría y trabajaría con él durante el resto de su vida. Una mujer dentro del circuito filosófico era una extravagancia en el mundo clásico, pero no excepción cuando alcanzaba reconocimiento en el campo de las ciencias y artes y era además hija de algún hombre conspicuo que no había procreado varones. Sin duda su sexo irritó a sus celosos adversarios cristianos, quienes estaban enfocados en restringir la influencia femenina. Empero, los hombres de su campo la respetaban, incluso ensalzaban ya al mencionar que no había necesidad que fuera un hombre. “Debido a la serenidad y espontaneidad que había adquirido a resueltas del cultivo de su mente, aparecía constantemente en presencia de los magistrados”, escribía Sócrates Escolástico, coetáneo suyo en Constantinopla. “Tampoco se cohibía al acudir a las asambleas de los hombres. Pues todos admirábanla más en razón de su extraordinaria dignidad y virtud”.
Hipatia eclipsó a todos los estudiosos de su época con sus logros en matemáticas y filosofía. Alrededor del 400 se puso a la cabeza de la escuela platónica de Alejandría, donde enseñó a jóvenes ricos (todos sus estudiantes fueron varones), enviados desde los más recónditos lugares del Imperio para recibir la mejor educación que el dinero pudiese comprar. No había división religiosa en las escuelas de Alejandría; ella enseño igualmente a paganos y cristianos, haciendo aliados de ambos bandos. Fue cautelosa en cuanto a tomar posición en la lucha de poder entre la cristiandad y el mundo antiguo y adoptó un enfoque más trascendente hacía la espiritualidad. Sin mostrar aversión a la nueva religión, con muchos amigos cercanos ganando escalafones en la Iglesia, se veía a sí misma como filósofa y por tanto etiquetada como pagana; educación clásica y paganismo fueron íntimamente ligados. Amén la enseñanza, daría públicas conferencias cuyo quorum lo compondrían funcionarios de gobierno ávidos de su consejo en los asuntos del municipio: parte de una añeja tradición de políticos que consultaba a los filósofos a fin de gobernar. Fue aristocrática e influyente, mas su popularidad inspiraría fatal envidia al Obispo.
No fue tanto el logro más grande de Hipatia y su escuela de Alejandría la introducción de nuevas ideas como el mantener viva la llama de la indagación filosófica en un periodo que paulatinamente se oscurecía. Mientras que cristianos radicales destruían templos y quemaban libros heréticos, Hipatia escribía otros elucidando las cuestiones más abstrusas de Euclides y Ptolomeo para una comunidad más amplia de lectores, formato en boga por aquel entonces. Inventó el primer hidroscopio y astrolabio, así como un más eficiente método de división larga (uno al menos tan útil como podría esperarse por cuanto aún restringido por los numerales romanos). Habiendo vivido ochocientos años después de Platón, expuso conceptos primeramente introducidos en Atenas con material más nuevo proveniente de filósofos “místicos”, como Plotino. Llevó a sus pupilos a meditaciones tales como la naturaleza de la realidad, el concepto abstracto de que un ente –el Uno- existe indivisiblemente tras todas las realidades, y que el Universo emana de dicha fuente.
Para Hipatia, las matemáticas no eran una ciencia exacta basada en pruebas sino el mismo lenguaje sagrado del universo. A cuenta de Pitágoras, enseñaba que el cosmos estaba numéricamente ordenado, con la rotación planetaria en torno a sus órbitas correspondiendo a intervalos musicales y creando armonía en el espacio –“la música de las esferas”. La geometría era usada como herramienta meditativa para entender el dualismo materia-espíritu. La línea divisoria entre astronomía y astrología o matemáticas y magia en el mundo antiguo era más bien difusa; la asociación de Hipatia con las estrellas le fue suficiente a los líderes de la iglesia para acusarla de brujería; los obtusos parabolano, quienes nada entendían de matices filosóficos, tuvieron por cierto el rumor.
Como el concepto de autoritarismo teocrático empezase a echar raíces en una cultura previamente distinguida por el libre intercambio de ideas, el mismo espíritu de indagación que Hipatia adoptase amagaría a la Iglesia. Los primeros líderes cristianos consolidarían su poder político sujetando su autoridad a una rígida y literal interpretación de “las enseñanzas” reconocidas. Hipatia, empero, incitaba la meditación personal dirigida a la naturaleza de lo real, y su filosofía no se ceñía a ninguna divinidad en particular. Su enfoque interno respecto a la espiritualidad entró en conflicto con el adoctrinamiento religioso de la Iglesia, basado en el conocimiento recibido de una fuente externa, donde la obediencia ciega a un poder superior era considerada virtud, mientras la actitud indagadora un vicio.
Hasta los años de Constantino, los romanos practicaron un sincretismo religioso: una mezcla variopinta de sistemas de creencias y deidades procedentes de las partes más distantes del Imperio. Cada individuo era libre de adorar a una plétora de diferentes dioses y seguir ritos secretos de más de un culto mistérico. Esta asimilación espiritual acentuó un subrayado sentido de unidad, y a menudo dos o más deidades de culturas distintas se fusionaron en una nueva persona. El greco-egipcio dios Sérapis era uno de tales dioses, amalgama de Zeus y Osiris; patrón de Alejandría; su templo, el Serapeo, alojó los restos de la biblioteca de marras (el grueso del acervo fue destruido en un incendio hacia el 48 A.C.), salones de conferencias para profesores paganos como Hipatia, y urnas de otros dioses con estatuas hechas por los más grandes artistas del mundo clásico. Considerado una maravilla del mundo, el templo era uno de los dos más grandes bastiones de la cultura pagana en Alejandría; el otro, la misma Hipatia. A medida que el cristianismo ganaba terreno, cualquier vestigio de idolatría corría peligro.
Constantino desbrozó el camino para que el cristianismo se convierta en religión oficial un siglo antes de la muerte de Hipatia. Después de conquistar el Oriente y Occidente del imperio (área que abarca gran parte del moderno Medio oriente así como Europa y la costa norte de África), promovió concilios de obispos cristianos para institucionalizar la nueva fe, reestructurando la religión de un flojo y abigarrado entretejido con sectas a menudo en conflicto hacia una dogmática, intolerante máquina de terror. Aunque aclamado como Constantino el Grande, muchos de sus contemporáneos le mostraron una férrea oposición. Zósimo, simpatizante pagano del siglo VI, nos habla del carácter de Constantino:
“Ahora que todo el imperio había caído en manos de Constantino, él no conciliaba más su malvada disposición e inclinaciones viciosas, empero actuaba como le placía, sin control”.
Constantino asesinó a su propio hijo, el heredero al trono; enfadado con su mujer, la hirvió hasta la muerte en la bañera. De acuerdo con Zósimo, ningún ministro de culto pagano se hallaba dispuesto a purificarlo –“decíanle que no había ningún tipo de purificación que fuera suficiente para limpiarlo de semejantes atrocidades”-. Un ministro cristiano, sin embargo, al parecer le persuadió de que la nueva fe le absolvería de todos sus pecados. La cronología de Zósimo no es muy exacta –Constantino se había convertido al cristianismo antes de la muerte de la emperatriz-, pero su opinión, reveladora. No era amado por los romanos de cepa, quienes atribuían el declive del Imperio Romano a la eclosión del cristianismo. Habituados a la libre adoración, les horrorizaba que los mismos dioses que los habían protegido y bendecido por siglos fueran ahora maldecidos en tanto demonios.
El emperador aprobaba muchas leyes que constreñían al paganismo mientras reforzaba al cristianismo. Proscribió la magia y la adivinación –salvo para su propio uso (hizo presenciar a los augures para descifrar el significado de caída de relámpagos en los edificios imperiales). Esta prohibición pronto se convertiría en un problema para maestros como Hipatia debido a la creencia que matemáticas y astronomía eran artes mágicas. El emperador exentó de impuestos a las iglesias, compensando el déficit mediante actos de pillaje en templos antiguos, fundiendo sus estatuas a fin de hacerse con los metales preciosos. En 325 convocó el Concilio de Nicea: primer intento de establecer la doctrina ortodoxa en la cristiandad: las facciones cristianas habían anteriormente predicado e interpretado su propia versión de los Evangelios. El Concilio encendió el debate entre ortodoxia y herejía, resultando en muchos textos vetados de la versión oficial de la Biblia, a la postre destruidos. Las enseñanzas de Arrio, escritor protocristiano que negaba la naturaleza divina de Jesucristo, fueron quemadas, y cualquiera ocultando la posesión de sus textos, condenado a muerte; otros textos cristianos, incluyendo los recién descubiertos Manuscritos de Nag Hammadi y los Rollos del Mar Muerto, fueron ocultos durante este periodo con la esperanza de preservarlos. Escritos paganos fueron idénticamente vistos como heréticos, y suprimidos. El emperador particularmente detestaba a Porfirio –“enemigo de la piedad”-, estudiante de Plotino y prolífico escritor. Toda su obra literaria fue destruida y en la actualidad existe sólo fragmentariamente.
En contraste con el sincretismo, Constantino defendió el monoteísmo y un dios que, celoso, supremo reinaba sobre todos los otros. La implicación era que también había menester de un solo gobernante sobre todos los demás: velada referencia a su esfuerzo de reunir a todo el Imperio bajo un solo trono. Él mismo compuso el Credo de Nicea, probablemente la más conocida declaración de un emperador romano: “Creemos en un Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra”. El Credo establecía la manera correcta en que Dios había de ser entendido, poniendo en movimiento la persecución contra los cristianos que interpretasen la Escritura de modo distinto, así como de todos los paganos. Julián, sobrino suyo,” consideraba a su tío no como ‘el Grande’, sino como un criminal revolucionario que destruyó los valores religiosos tradicionales con el propósito de descargar su conciencia, un tirano con mentalidad de albañil”.
Durante los siguientes cincuenta años, los cristianos libraron luchas intestinas para establecer el control y definir el canon ortodoxo. Hipatia vino al mundo en este periodo, mientras el paganismo era aún capaz de mantener el equilibrio después de la muerte de Constantino y durante la pronta sucesión de emperadores que la siguieron: algunos de ellos más tolerantes con las prácticas tradicionales que otros. Este estado de cosas cambió cuando Teodosio I se convirtió en emperador hacia el 379; en el 380 declararía al cristianismo religión oficial. Repentinamente, la oficina del Obispo detentó poder a partes iguales con la del prefecto, responsable de mantener la ley y el orden como la más alta enmienda imperial. Obispos envalentonados incitaban a sus seguidores a reducir a escombros templos paganos y sinagogas judías. En Alejandría, el obispo Teófilo se granjeó el apoyo de los parabolanos.
La evidencia arqueológica de la destrucción de los monjes está extendida, abarcando igualmente el Oriente y Occidente del Imperio. El Código Teodosiano (datado en el 438) recuerda “el terror de los que eran llamados parabolanos”, y el historiógrafo Eunapio los llamó “hombres en apariencia pero que llevaban vida de puercos, quienes abiertamente hacían y permitían incontables e inenarrables crímenes”. El orador griego Libanio escribía al emperador Teodosio en el 386, quejándose de la brutalidad de los monjes:
“[los monjes] se apresuran a atacar los templos con palos, piedras y barras de acero… sigue completa desolación, con el levantamiento de techos, demolición de paredes, derrumbamiento de estatuas, derrocamiento de altares… los ministros [ministros paganos del santuario] deben bien guardar silencio o morir”.
El último líder de la Academia de Platón, Damascio, les llama “una muchedumbre de hombres bestiales –verdaderamente abominables- esos quienes no tienen en cuenta ni la venganza divina o el resarcimiento humano”. Prácticamente solo en el apoyo de los parabolanos tenemos al obispo egipcio e historiador de la Iglesia Juan de Nikiû, quien afectuosamente los señala como “una multitud de creyentes en Dios”.
Fueron los monjes tamaña amenaza que en el 390 el emperador Teodosio los desterró al desierto, bastante lejos de templos y ciudades. El emperador también vetó el paganismo en el 390. Proscribió sacrificios y visitas a templos; abolió festividades paganas; y prohibió la brujería, la adivinación, y la práctica de rituales tradicionales incluso en la privacidad del hogar. Peor aún, autorizó la demolición de templos paganos y sitios sagrados hasta sus mismos cimientos. Aprovechando esta oportunidad estaba Teófilo, obispo de Alejandría, quien invocó a los parabolanos de su escondrijo en el desierto para que le ayudasen en el derrocamiento de los más reverenciados monumentos paganos: aniquilaron el Mitreo, templo sede del culto a todos los varones, dedicado al dios Mitra, el cual fuese popular entre los soldados; derribaron la estatua del dios Príapo, dios de la fertilidad representado por un gran falo (los primeros cristianos deploraban las alusiones sexuales –lujuriosas estatuas de Afrodita desnuda tampoco salieron bien libradas-). El golpe de gracia de Teófilo llego en el 392, cuando sus secuaces arrasaron con el Serapeo, corazón de Alejandría. El templo, tan grande como la Acrópolis de Atenas, fue barrido hasta los cimientos, y sus imágenes, obras de arte y estatuas, fundidas en recipientes y otros utensilios para uso de la Iglesia. La destrucción supuso un golpe devastador a los filósofos paganos, muchos de los cuales abandonaron la ciudad, para nunca más escucharse de ellos. El cristianismo silenciaba todas las voces disidentes, y su victoria se haría absoluta con el inminente asesinato de Hipatia.
A la muerte de Teófilo en el 412, su sobrino Cirilo le sucedió como Obispo de Alejandría –aunque sólo después que los parabolanos derrotaran a los simpatizantes de su contendiente. Cirilo es recordado por los teólogos cristianos por sus escritos sobre la Encarnación, sus esfuerzos por unificar la naturaleza humana y divina de Jesucristo en un solo ser. Dichos intentos no llegaron muy lejos: entre sus primeros actos como Obispo figura la persecución de los novacianos, secta rival de los cristianos; tensó las relaciones entre cristianos y judíos, con violencia a resueltas en ambos bandos. La población judía de Alejandría, que había florecido desde tiempos de Alejandro Magno, fue desterrada de la ciudad mientras Cirilo clausuraba sinagogas.
Por este periodo, Alejandría recibía un nuevo prefecto, llamado Orestes. Cristiano moderado, estaba cortado de la misma tela que los estudiantes de Hipatia y los funcionarios de gobierno que a ella recurrían: rico y erudito, enlazaba el antiguo mundo de pensamiento griego y el nuevo orden de la filosofía cristiana. Forjó una amistad cercana con Hipatia inmediatamente a su llegada a la ciudad –tenían probablemente amigos en común quienes facilitaron su encuentro-, y ella estuvo a la cabeza de su base de apoyo y consejeros.
Orestes desaprobó el violento extremismo de Cirilo y sintió que el obispo estaba invadiendo las responsabilidades civiles que mejor habían de delegarse a autoridades seculares como él. Cuando Cirilo expulsó a la población judía, Orestes estaba furioso y escribió una carta al Emperador quejándose de ello. Cirilo le pagó con la misma moneda. Su ominosa relación se intensificó, con ninguna de las partes dispuestas a ceder. Orestes dejó de asistir a las liturgias de Cirilo. Éste desesperó. En un no del todo sincero intento de reconciliación, Cirilo se presentó a Orestes con un Nuevo Testamento –la nueva versión, la ortodoxa-, y le pidió aceptase su verdad y resolvieran sus diferencias. Orestes tomó esto no como una tregua sino como un pretexto para públicamente demostrar su sumisión al obispo. Rehusóse.
Cirilo, enervado, reaccionó llamando a quinientos monjes del desierto de Nitria para acosar al prefecto. Los parabolanos rodearon a Orestes mientras cabalgaba por la ciudad y públicamente lo acusaron de paganismo; Orestes respondió que había sido bautizado por el obispo de Constantinopla. Uno de los monjes arrojó una piedra contra él, hiriendo gravemente su frente. Temerosos, sus guardias lo dejaron solo mientras sangraba, pero una multitud de alejandrinos (probablemente cristianos moderados) acudieron pronto en su socorro y disiparon a los monjes, capturando al que lo hirió. Orestes lo sentenció a tortura; muriendo a consecuencia de ésta, Cirilo lo declaro mártir.
Escalaron las hostilidades. Durante los años 414-15, Orestes fundó su propio partido político. Fue respaldado por lo líderes judíos que permanecieron en la ciudad, funcionarios que eran cristianos moderados como él y la élite alejandrina, Hipatia incluida. Ella apoyaba la resistencia judía contra Cirilo y creía en un gobierno basado en el discurso civil en vez de uno en violencia; era amigable con los funcionarios que anhelaban su consejo y los deleitaba en su casa. Tenía aliados poderosos por todo el Imperio y un cúmulo de honores cívicos. Por el contrario, Cirilo no era querido, más bien repudiado. Encontrándose en un punto muerto, hirvió en celosa rabia en contra de Hipatia, viéndola como el obstáculo fundamental en su reconciliación con Orestes. La Suda, enciclopedia bizantina, nos dice:
“[Cirilo] estaba tan corroído de envidia que inmediatamente comenzó a urdir el asesinato de Hipatia del modo más abominable, por cierto”.
Cirilo dio pábulo al género de que Hipatia era una bruja que había hechizado a Orestes; su trabajo en astronomía, inseparable de la astrología, selló su destino. Juan de Nikiû hace eco de esta opinión:
“Y por aquel entonces apareció, allí en Alejandría, una filósofa, una pagana llamada Hipatia, que todo el tiempo estaba consagrada a la magia, astrolabios, instrumentos de música, y había encantado a muchos con sus satánicos artificios. Y el gobernante de la ciudad [Orestes] le honraba exageradamente, pues le había hechizado con su magia. Y había cesado de acudir a la iglesia, según su costumbre… Y no únicamente esto hizo, sino que le llevó muchos creyentes, y él mismo recibía a los impíos en su casa”.
La calumnia surtió el efecto deseado. Los parabolanos, llamando a la instruida y consumada mujer “bruja”, la emboscaron mientras viajaba por la ciudad, torturándola y asesinándola. No hay evidencia histórica que confirme a Cirilo autorizando su muerte de modo franco; pudo haber únicamente deseado volverle adverso el sentimiento público. Aunque no es ocioso notar que sus parabolanos llevaron a Hipatia al anterior templo de culto del emperador para torturarla, mismo que Cirilo había expoliado para sentar allí su cuartel. El acto se llevó a cabo ante sus ojos, y sus seguidores –azuzados por la reciente canonización del monje que había atacado a Orestes- no temieron que el Obispo condenara su crimen.
La vida intelectual de Alejandría, último santuario de la filosofía helenística, llegó a su fin tras la muerte de Hipatia. La escuela alejandrina cerró sus puertas, y los filósofos que aún quedaban después de la destrucción del Serapeo, huyeron. Orestes desapareció sin dejar rastro, bien requerido de vuelta por el Emperador o escapando en pánico, pues correría la misma suerte que su amiga. Todos los escritos de Hipatia se perdieron, como parte de la trama de la Iglesia para reprimir el conocimiento herético. Bajo los siguientes siglos de administración eclesial, sólo se salvó el uno por ciento de los textos latinos y el diez por ciento de los griegos, suprimidos bien por destrucción intencional o negligencia. Tomaría siglos antes que las elevadas indagaciones filosóficas y matemáticas del mundo antiguo reaparecieran en la conciencia humana, hasta el Renacimiento. En cuanto a Cirilo, esperó por un castigo que nunca se suscitó. Como un tirón de orejas, su ejército de monjes fue reducido de ochocientos a quinientos por decreto imperial. Los parabolanos sobrevivieron a Cirilo, su reino de terror los llevo allende Alejandría, expandiendo su reputación como terroristas urbanos bajo los auspicios de la Iglesia. Los historiadores cristianos celebraron el asesinato de Hipatia equiparándolo con la destrucción del Serapeo por parte del tío de Cirilo: “Toda la gente rodeó al patriarca Cirilo llamándolo ‘el nuevo Teófilo’, pues destruyó los últimos vestigios de idolatría en la ciudad”. Cirilo fue venerado con el extraño título de <<Doctor de la Iglesia>>, y canonizado. Hipatia, olvidada del pensamiento occidental por espacio de mil cuatrocientos años.
Link al artículo original:
Link al TED-talk, basado en este artículo: https://www.youtube.com/watch?v=n1mwZrVJ-TI
Link a la página de la autora: https://www.sorayafieldfiorio.com/