sábado, 24 de junio de 2023

LA AVENIDA DEL DESAMOR. (RELATO).

 

Hay quienes la conocen como la avenida del DES-Amor (sic), pues yendo en contraflujo de los coches pasas por la cantina, luego el juzgado, luego el hotel; dirección Viaducto haces camino contrario, te hotelas y te casas y te empedas. Gran diferencia.
                Hay quienes sin embargo obvian la ley del hombre (y la de dios). Así que se empedan y cogen, sin trámite. Excelso.
                Avenida Revolución se extiende a lo largo del poniente de la ciudad rumbo al sur, y así yace como mítica prostituta sobre fino terciopelo, y es desde su posición privilegiada que nos atrae con mirada lasciva y calor de útero.
                Trabajé un tiempo en la cantina, servía copas, y busqué insaciablemente a la muchacha ebria de Huerta en la dulce asfixia alcohólica de los rostros de las que cuchareaban más de la cuenta, ahogadas en mocos y lágrimas, cantando a todo pulmón las del Chente y José Alfredo ¡y claro!, del gran Javier Solís, cuyo busto fue aterrizado en la alameda de enfrente: “llanto ebrio, lágrimas de clavel, de tabernas enmohecidas/de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre”, buscaba yo en cada una sin encontrar nada, y envidiaba a los etílicamente evadidos de sí mientras lavaba vasos (los muy hijueputas me daban trabajo de dos pagándome lo de uno).
                Entraba el crudísimo cuarteto de norteños después de las seis, el vendedor de loterías sin boleto ganador, el bolero que ostentaba tres doctorados en la ciencia del albur, y de vez en cuando alguna piruja desalentada. De jueves a sábado aquello era carnestolendas, y no era raro abrir la puerta del sanitario y sorprender una felación, algún respetable magistrado esnifándose lo de la hipoteca, o simplemente el alma de alguien sobre un charco de verde vómito. Cualquier cosa podía ocurrir de jueves a sábado dentro de esos baños, como si tal axioma fuera la vacuna contra la capacidad de sorpresa.

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“sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada”, añoraba mi corazón atrofiado, mi mente intoxicada, mi voluntad drogadicta.
                Procuraba mandarles peñascos a las que se atrevían a pedirme una piedra, pues quería extraer de sus rostros mustios de resaca a la tierna histérica, a la mujer parecida a voluta de cigarro, al tatuaje de su eterno arquetipo que todos los que amamos a La Mujer llevamos en esotra epidermis más sustancial y delicada.
                Buscaba en esa cantina a mi Eterno Femenino.

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                Los meseros todos son unos putos chismosos y metiches, se sabe. Y yo por eso antes de ser cantinero mejor lavé los baños, declinando el puesto en favor de gentes sobrecualificadas con lo que ya dije.
                Un martes, día magnánimo con nosotros en su ‘nihil agere delectat’ (el placer de la huevonada), escuchaba la estridente risa del Fox (por vicente), el contrabajo de los norteños, y ahí se encaminó mi atención: se reía en la constreñida cara enrojecida de Pepe, el mesero más viejo y vanidoso de todos, a quien le habían espetado un “sutor, ne ultracrepidam” con su concomitante explicación: un redondo “te vale verga, Pepe”: pues éste era amigo de expresarle a quien se lo pidiese o no su opinión sobre tal y cual cosa, lo mismo sobre la mejor botana de la casa que sobre fisión nuclear o filosofía tomista, por tanto fue liberal y mano abierta cuando escucho de refilón que el zapatero de la esquina se había quedado sin empleo, sugiriéndole en su siguiente vuelta que podía hacerle la competencia a Chucho el bolero, pero acaso ello hubiese estado muy por debajo de la calidad del personaje en cuestión ( y dicho con cierta malicia por Pepe, como si de verdad lustrar zapato ajeno abyectara al hombre con toda su fuerza alegórica, mientras que por el brazo literal de la realidad no tiene reparos en ser puesto “de a cuatro”, cotidianamente), acaso fue la discreta cuanto inconsciente asistencia de las hijas de Mnemosine quienes le susurraron lo que Apeles le contestó al de su gremio, dechado de todos los zapateros. –“¡Te la metieron hasta el intestino grueso, Pepe, y ni cuenta te diste!”, le decía el alborozante Fox, cuyo parecido con el infame exmandatario, aunque sólo en el físico, era de titulares. Conque yo lo remato pidiéndole al Fox y a los otros tres aquelarrantes “el mono de alambre” dedicada a Pepe, y éste sonríe dejando ver entre dientes su orgullo macerado como palillo…

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                Cierta vez le disputaba a la licuadora los restos de lagartija para la treinta y nueve (me salía de semidiós), cuando entró la que había estado buscando:
uno sesenta (se dice de las mujeres pequeñas estar así por proximidad al infierno),
ojiverde (el infierno del infierno)
apiñonada
malhablada
muy fresa
y más jijadelachingada: de ésas que nunca sabes lo mucho que una bagatela dicha al vuelo puede pisarles los callos, y te cagan a bofetadas en una sola frase, o incluso UNA palabra (insistiré en ello).
                Llegó lastrando el mal hábito de la prisa, cuando fue domingo el día que apareció. A la cantina. A la barra. Conmigo. A chupar. Y empedarse.
                Lo cierto es que quería desfogar ahí cierto desengaño que la traía –dijo-, “empinada”, y que yo libaría durante la liturgia lacrimosa que estaba a punto de oficiar –eso pensé yo-.
                “La muchacha ebria” –la llamaré en lo sucesivo- de tan insinceramente observarme mientras me afanaba con la bailarina por los restos de hielo semidesintegrado y por probablemente llegarle el olor a menta del licor – se sabe que a los filóposos nos gustan las cosas “con personalidad”: olor a thinner, vagina o petricor, verbigracia- , me pidió, aún con el teléfono en la oreja, una también: le dije “nel”, por decir algo chistosito, pero ella iba armada hasta los dientes de una mordacidad inusitada: “entonces chinga tu madre pero antes ponme un cuatrocientos conejos derecho”.
                ¿Qué hacía?
                Le dije que no había forma en que las máquinas nos superaran desde que el Hombre persiste, mientras que la máquina logra: en su surgimiento les va el acotamiento, y que sólo era nuestra vocación de esclavos y la adicción a lamer el fuste lo que generaba la apariencia de su superioridad, pero ella me zanjó con un “todos los honvres son putooooos”. Cerré el hocico, devolviendo mis pubertas filosofías de la tecnología a la camita de pelusa del bolsillo del jeans.             
                 Cortó la llamada fingida.

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                La dejé inerme de su reluctante misantropía echando mano del Monstruo de la naturaleza:

                 “Puto es el hombre que de putas fía”, etcétera.

                Me atribuí la autoría del genial soneto, y me espetó de nuevo otra mentada de madre (merecida).

                Le dije que había que “follar con las mentes”, y esta vez sí la vi con ganas de arrojarme las cuatro onzas de mezcal en la jeta (un cantinero mesurado a consecuencia de religiosa sobriedad es un mal oxímoron, algo que sólo un dios  canalla admitiría en un paraíso de supermercado ambientado con un quinteto de querubines con arpas), pero como estaba empecinada en una batalla interna contra su propia lucidez, prefirió arrojárselo dentro. Me preocupé sobremanera de que se extraviase junto con mis afrodisiacas posibilidades de hotelármela (una mujer yerta no me excita), pero pronto me lo disipó su báquica tolerancia y el ingenio que se afilaba más y mejor tras cada vaso: “in vinum veritas”, dijo tras eructarme en la cara.

                Al séptimo vaso es que se acuerda del “tipejo mierdero” y deja sus lagrimales a su libre albedrío.

                Al octavo pensaba irlo a buscar y rajarle el rostro con el vaso previamente estrellado; hube de detenerla invitándole el noveno a cuenta del miserable gallego que llevaba el tinglado; en el décimo me confesaba que hubiera deseado vivir en la Europa renacentista para hacer un trío con Rabelais (Hic bibitur) y César Borgia (“Aut Caesar aut nihil”), y decidí asimilar eso con unas ocho onzas de mezcal corrientísimo que me procuré furtivamente y con éxito.

                Me dijo que el onceavo lo invitaba ella en el cinco de enfrente, pero que me quedara absolutamente claro que si volvía a atribuirme falsamente un solo verso de Lope, Machado, Darío o incluso Neruda, iba a practicarme una autopsia asegurándose de mantenerme con vida todo el tiempo, además de romperme la madre antes.

                Le creí con auténtica fe, pero eso no la iba a librar de las cosechas de mi propia guadaña.



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                Chupaba de su Marlboro con el mismo encono y ganas que el enfermo terminal sus quimioterapias, y me decía lo que más le había gustado de mí:
mi tacto de hampón al servir copas (por los robitos furtivos para mí mismo)
el desvencijo sobre mis ropas y personalidad
la incipiente mugre en mis uñas recortadas con los dientes
lo viperino que lastraba bajo mis respuestas idiotas
algún atisbo de inteligencia tras mis pupilas macilentas
los chirriantes goznes que sacudían mi voz y denotaban la carencia regular de sexo
y mi ser cual general lamento.
                Se limpió el culo conmigo, pues.

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                Después de haberle rubricado las nalgas a mordidas, me enteré de su vida miserable, y el por qué lloraba como loca en la barra: sentí su dolor de caricatura cocinándose a fuego lento  en el caldo de los diez cuatrocientos conejos con que la había especiado: y a partir de ahí no dejé de pensar en su sexo de orquídea martirizada y sus senos copa b entre los que deseaba zozobrar: el timbre de su voz era como pleistocénico, como venido desde la invención del tiempo, y los gestos de sus manos auguraban las catástrofes de las Erinias, erizándome el vello de la espina; sus conjuntivas parecían a la superficie lunar, cicatrizadas por los meteoros de la vida, pero los írises esmeralda aullaban como memento vivere; su masa capilar después del sexo podía competir con Troya en manos aqueas, y sus pensamientos tras el telón de su cabello negro, eran en efecto como pájaros muertos, o cuando menos muy pedos, dejándose en errático vuelo el alma en algún parabrisas.
                No diré el nombre del hotel en que colisionamos, pero sí que estaba también sobre Avenida Revolución, y ésta como Naná lánguida y voluptuosa (con todo su carácter putativo y su relación con el putar, podar ramas, elegir, seleccionar, desbrozar: la Primera Mujer sublevándose al Hombre y al Dios que la creara, siendo dueña de su sexo y destino, aunque la historia posterior con la estúpida de Eva la hubieran infamado). Huelga decir que nada de lo anterior requirió la asistencia de un juez de lo civil y la argamasa social de la institución del matrimonio, en virtud de la cual yo tenía parroquianos verdaderamente asiduos en la barra, dispuestos a bajarse la amargura de la garganta con tequila centenario y deplorar con denuedo la maldita confusión  antivoltairiana que los había conducido al altar y al sacramento de hombres como cuervos: aves de mal augurio que encima exigían tributo pecuniario. A mí no acudía ningún pobrediablo sin corbata cual dogal o correa.  

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                Le chocó mi petrarquismo barato y mi sufrimiento de tocador.
Ignoraba por completo cuándo debía arroparse la expresión con el verso y por qué, pero detestaba que lo que se podía expresar mejor en prosa llana fuera hecho en “versitos”: epítome de la mediocridad y mendacidad de nuestra especie: “gentuzas a quienes habría de ahorcar con su mismo cordón umbilical”. “Ay güey”, pensé,  “qué duda cabe que estoy con una ministra de Dike Polypoinos”. Le dije, y sonrió con sevicia: “justo ese sentido sagrado de la Mesura es lo único que nos puede llevar a la Desmesura, a lo Inconmensurable”. Sonó oracular y aplastante. “Si el Sol rebasara sus límites no dejaría lugar a la Noche”. Fue el acabose, así que me introduje en ella con verdadero frenesí.
                La siguiente consideración postcoital a destacar rozó más bien la superficie de lo mundano, la cháchara de mercado: que si era casado. Le dije que no llevaba anillo; me dijo que no era extraño; le dije que no llevaba yugo, y eso pareció gustarle más: “bestias de carga que terminan mimetizándose mutuamente a fin de arrear al mismo paso. ¿Por qué renunciar a lo indómito que hay en uno?”, y no pude estar más de acuerdo. “Es un alivio saber que entonces, después de aquí, no me pedirás llevarte al registro civil”. “Jajajajajaa, ¡no pendejo! Pero podríamos hacerlo si quisiéramos llevar a un nivel más extremo nuestro deporte”. Mierda, me estaba sinceramente gustando esa mujer más y más, y a punto estuve de tomarle la palabra. Creía atroz la solemnidad con que se recubría la generación de la especie: un afeite superfluo que al Connatus algún cura idiota y ocioso y chaquetero le había colgado, cohesionado además por nuestra inherente aberración a permanecer solos en la vida, y esta filosofía pitoperezca me pareció la quintaesencia de la viña de esta muchacha ebria. Nos pusimos a bailar desnudos la Persiana Americana o algo así antes de volvernos a arrojar el uno en el otro.

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                ¿Puede cometerse acto más suicida que intentar extraer amor donde sólo sexo como gota de agua donde sólo ardiente arena? Su “llanto ebrio”, caliente y  en apariencia inmaculado no había al fin y al cabo sido derramado para mí, por mucho que mi “manopesada” lo impeliese a fuerza de reiterados mezcales… Ahora que recuerdo a esa “muchacha ebria” y su aura insuflada de testosterona y desprecio, creo sin embargo seguir amándola, y aunque por algún tiempo me afané tras su rastro de cantina en cantina (ya como cualquier roto parroquiano), pude únicamente hallar sus huellas apócrifas en esos otros rostros femeninos cargados de espirituosos y rictus de dolor, como “marca pirata”. Tal vez hubo vuelto con su “tipejo mierdero”, y acaso hubieron procreado algún pequeño estropicio de sí mismos poco después de unirse en sacrosanto matrimonio; quizá se descerrajó un tiro en el pecho o brinco desde un quinto piso. Qué sé yo.
                Su alado y huidizo sexo, en cuanto mí, hízome deponer todos los eternos con su oropel metafísico y quimeras cantinescas, y ahora sólo pateo botellas de plástico vacías mientras ahuyento coloridas mariposas transfiguradas en gordas moscas que me asechan la consciencia sobre la avenida del DesAmor.  

 

 







 

viernes, 16 de junio de 2023

Dios (poema en prosa).

Un artista loco, un genio incomprendido nos mira desde lo alto: a esta panda de imbéciles que somos sus nueve mil millones de criaturas.
No "gay" (¿amén?), mas Enfant Terrible, sí: inventarse un juego, y un tablero de juego, y unas fichas... 

Dios (poema)

Quise comer tu carne,
beber tu sangre,
matar por pater noster;

Te vomité con amargura
al amanecer de mi adolescencia;

te busqué en el hueco de la cama:
tibio, del abandono de la esposa...

Ahora ni te culpo:
hacer con tu piel mi tiendae ayudo a saber
por qué has estado tan asustado,
arrepentido.

domingo, 28 de mayo de 2023

Obra negra. (Microcuento).

 Volteó airada cuando con voz carrasposa y en vaho etílico le dijo que monearía con su kótex, pero poco le duró el enojo al ver la bestial musculatura que el chalán de masón había desarrollado a fuerza de arrear 200 costales de cemento y/o arena de 60 kg c/u al día:

esculpido era el término justo, y como corolario perfecto, la chicharra que sus labios sucios sujetaban, como afluente de perversidades: sus pantis D&G que dos buenas quincenas le habían costado, ahora se desteñían del negro en los cerritos de cemento blanco de la obra incipiente: no era poca la excitación que le producía saberse cogida por el Goliath de la pala y escuchada por los peatones, amén de reducir al don juan de ocasión hasta el semen, sangre, saliva, médula, lágrima, suspiro: era que entre las ingles sentía bullir un Popocatépetl hambriento, y dos pezones sempiternamente erectos al lengüetazo del vestido -tal lo sentía.
Así, lo sujetó por el paquete que el fanfarrón le esgrimía y lo llevó a las primeras cuatro paredes terminadas con techo, y ahí arrojó al pálido albañil, cuya osadía habíase en profundo terror tornado una vez veía por todo horizonte un pubis moreno y palpitante: lo recibió ya mojado en su rostro de canalla; el flujo vaginal hizo aparecer líneas perfiladas en su rostro empanizado; desayunó pedos y violentos arañazos en sus mejillas mancebas, y hasta una presunta bolita de excremento, que proviniendo de culo tan radiante a él le supo a ambrosía caída de la mesa de los olímpicos.
Ella por su parte disfrutó como nunca la viga de aquel salvaje, su sudor de mitología, sus manos de demiurgo: entre ellas se sintió como siendo rehecha, y así salió de la obra, con el paso arrogante de las criaturas que ven por primera vez la luz del día.
Sólo sucedió una vez, como impacto que proviniese del espacio infinito.

viernes, 5 de mayo de 2023

tristeza

 

La droga que te haga vivir la experiencia de 8000M de almas (poco más o menos el número total de los que somos en la Tierra), SIMULTÁNEAMENTE.

Todas las consciencias en un flash...

Y luego volver a esta miseria de Individuación...

La  tragedia metafísica de la Coatlicue, de Dionisios, y la multiplicación al cuasiinfinito del dolor y del inefable gozo...

La Novela, aún la mejor, sería cosa de párvulos...

Si provisionalmente sostenemos que el universo todo pudiera ser contenido en una cáscara de nuez, habríamos por analogía decir que todas las almas también en una. Lo único que haría entonces al caso es su demostrabilidad empírica: saber de lo humano hasta sus últimas consecuencias a costa de la monserga de la Individuación.
Añorar una experiencia imposible como único destino.

¿Quién después de todo no ha soñado sólo ser el sueño de un dios despedazado?

Maldita sed metafísica: acaso sea que por eso uno se emborrache sin cesar y luego caiga como idiota en las trampas del amor…

lunes, 1 de mayo de 2023

YO SOY HIJO DE SÁNCHEZ, I.

 

YO SOY HIJO DE SÁNCHEZ.

                                                                              I

Los malditos malpensados de toda la vida –timoratos de viejo cuño y pura cepa- dirán que fue precocidad lo que me ha llevado a levantarle las enaguas a Sofía, pero la verdad es que fui motivado por el más puritíto amor al conocimiento: que de cualquier forma no pude ver más allá de su concha peluda: de lo que encerraban sendos labios, mayores y menores, a guisa que bien preservado y sepulto quedó  a mi ojo curioso el Misterius Magnum que estos encerraban. El coito en lo sucesivo se me antojaría la falaz promesa del lisonjero tacto al ojo miope.
Tampoco es mi culpa si en un arrebato de insomnio llevo hasta sus últimas consecuencias las “metáforas de la tribu”: que si el filósofo en su perene estado de Thauma se parece al niño (¿cuál de todos? ¿el Cosmológico, el Soteriológico, el freudiano, el vilipendiado por Kant… ¡cuál!?), y lo que es peor, si ese Niño ontológicamente emparentado con el filósofo habría o no de ser merecedor de un día especial para él, como lo fue el de ayer, y como casi todo aquél que pasa por una facultad de filosofía cualquiera terminará encomiando a fuerza de rumiarse la misma historia que las vacas sagradas le regurgitaron por al menos cuatro años de carrera para obtener su licencia de pensador:  de Homo Sapiens quintaescenciado y aureolado.
Repugna en este estado de cosas reconocer que, en efecto, el trato con intelectuales va de la mano con la prostitución del espíritu: en su modo extremo haría de Wittgenstein un proxeneta. O en su modo falso, mejor dicho, haría de él una pinche caricatura (¿ya habrá también aprendido a reír ese Hombre-Límite, de sí mismo y de los problemas que aquí parecían tenerlo como subido todo el tiempo en el potro, allá en la austral boca abierta del Infinito?).
A todo esto nada sé no siendo filósofo, pues nunca obtuve licencia de tal y no me gusta usurparle malamente la función a quienes legítimo derecho a ella sí tienen; y de pensador pensador (dado que hasta donde sí sé o creo saber para ello aún no hace falta pedir permiso), pues tampoco, porque me figuro la labor como la que Rodin sacó de la piedra, y a mí la pose ésa nada más me sale en el wáter…
No hiperbóleo mi ignorancia. La prueba está en que apenas hace unos tres días, al cabo de creer por cuarenta y un años que mi padre había sido un tal buen señor que me heredó dos tercios de su propio nombre, acabo de descubrir a mi verdadero padre. Su nombre es Jesús Sánchez.
Así es: yo también soy hijo de Sánchez.
Un vástago ilegítimo más, nacido de su prolijo esperma diseminado en un fecundo maguer depauperado cuanto astroso ganado hembruno; robustamente criado con el calostro de la Cultura de la pobreza (en el mismo sentido antropológico de Lewis, para no tergiversar).
Lo diré una vez más: mi padre es, es, es, Jesús Sánchez. No hay yerro en el presente usado, si atendemos al frondoso árbol genealógico en que la Agnición nos coloca: pregúntese usted, que esto lee, si no es acaso mi hermano o tía o prima incluso cuando nuestras plantas jamás hayan tocado el mismo millón de kilómetros cuadrados de tierra y sus apellidos sean más bien de origen germano o chino; y si me reta puedo hacerlo más chocante, por no decir monstruoso: que su cónyuge, digamos, con quien ordinariamente comparte tálamo y fluidos, no fuera a su vez pariente de usted, y por tanto ambos, en sentido más literal que psíquico-simbólico, de los legendarios Edipo y Yocasta… ¿Cómo pues habría de estar muerto el tronco con copa tan exuberante, pletórica de vida? ¿Cómo iban a estar muertos Jesús Sánchez y sus hijos y los hijos de éstos y los de estos y los de éstos y… mientras mi existencia y la suya, caso de ya haber depuesto su anterior árbol más parecido a la obviedad del diagrama de instalación eléctrica, los confirman a su vez en la suya? No sino en virtud de cierto prejuicio moderno (prejuicio, se entiende, en su acepción más laxa y pedestre, extendida y aceptada: nunca filosófico-hermenéutica): la tan taimada cuanto denunciada “aporofobia”: taimada en quienes religiosamente la practican, denunciada por quienes aluzadamente la padecen. Pues sépase que en este país y en estos tiempos que corren uno es antes un “hijo de la chingada” que un “hijo de Sánchez”: tanto repelús nos causa la Pobreza y más aún sus pobres. Porque, sabido es, estos lo son porque quieren. ¿Y cómo, con qué cabrón derecho se reproducen? Y quien no tenga para darle lo necesario a los hijos, pues que no los tenga, óóóóóbvio. Y si ya los tuvo, tantito peor.
Mientras, nosotros, los inteligentes (no pendejos como los pobres, son pobres porque quieren), mejor volteamos para una arista menos sucia de la realidad: al Tik Toker que nos diga cómo hacernos ricos en una semana vendiendo depas, y otras audacias por el estilo…
A riesgo de cometer algo así como una “blasfemía filosófica”(cuya indulgencia habrame ser concedida ipso facto, puesto que he dicho que filósofo en stricto sensus no soy), diré que no sabría responder, visto lo visto, si es mejor sembrar campos de tomates o campos de concentración…
Otra cosa que sin duda “prostituye el espíritu” es el contacto continuo con la inherente pendejez humana, como no sean las inocuas obviedades de las que los filósofos hacen su negocio lícito, y nosotros los debrayadores, el clandestino… Pues hay, señoras y señores, de pendejadas a pendejadas: señoras pendejadas y señoritas pendejadas… Como quien dijese, a modo de los que piensan ( ?) que para acabar con la Pobreza hay que acabar con sus pobres, que para acabar con la pendejez hay que acabar con los Pendejos… A mí, antes que al resto, nos lleva la chingada: bienvenida, Sexta extinción… Y pues no…
Acaso reclame con tanto ahínco la filiación a Sánchez debido al oscuro anhelo de culminar un a posteriori Parricidio: no habría algo así como “elemento trágico”, pues. O acaso como Manuel, su primogénito, no me atreva una vez frente a él, ni a mirarlo a los ojos, y las palabras nada más se me agolpen en el gañote como el tráfico en Circuito durante horas pico…
Y es que lo que me impele en parte es que aquéllo que Erasmo elogió irónicamente, nuestro siglo se empeña, al parecer más que nunca, en coronarlo literal, y además imponerlo como norma de vida general y comprensión del mundo universal… ¿Estamos seguros que se ha dicho todo en materia filosófico-económica? ¿Riqueza y Pobreza son lo que son, así sin más? ¿Ni siquiera habiéndose vuelto el mundo un espacio tan opresivo hará que al menos rescatemos la vieja idea de la Práxis, y su necesidad? Y el filósofo, ¿se mueve, o no se mueve? ¿sigue “vivo”? ¿vegeta? ¿Y por qué todos esos guías espirituales del pasado, esos filósofos enigmáticos cuya sabiduría pudo ser condensada e inmortalizada en un gesto y hacia donde el ojo derecho del hombre de hoy voltea cuando no es vigilado por el izquierdo, representan en suma un antivalor en esta atmósfera sofocante, mas óóóóóóbvia?
Hube por acaso encontrarme nuevamente al niño que llevo dentro por estas calendas, específicamente el ‘Día del Niño’, a través de la obra más conocida de Oscar Lewis, pero que yo felizmente recién descubría…
Supe que soy de la prole de Sánchez. Yo ignoraba a quién le debía mi paternidad (puesto que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, óóóbvio).

CONTINUARÁ…

jueves, 14 de abril de 2022

Ojo encinto de lágrima que guarda...

 

Ojo encinto de lágrima que guarda,
enrojecido,
de sentimiento en sordina
grávido
ojo de abril y canícula:
como el día en que muerto fue
el hijo del hombre
el hombre personaje
“más importante de la Historia” toda:
como si antes por hombres
no hubiera sido escrita:
para hombres, acerca de hombres:
así el Hijo del Hombre
se cobijó con
y bajo el párpado
de la Historia
y ésta de ahí
su sabor salado.