Artículo amablemente cedido para su traducción al castellano por el autor, Mr. Tim Hjersted, a quien debo expresar una vez más mi más sincero agradecimiento, así como una disculpa anticipada en caso de haber involuntariamente tergiversado e incluso pervertido lo que allí se dice.
La misma disculpa previa ha de valer también para el lector de habla castellana, quien habrá de mirar los yerros aquí contenidos con más benevolencia que acuciada crítica, considerando constantemente el conflicto de la literalidad a costa del rescate de significado y estilo o viceversa en la labor traductora; al lector bilingüe, lo remito al artículo en su lengua original a través de la siguientes rutas:
https://www.filmsforaction.org/articles/why-do-so-many-people-do-drugs-instead-of-solving-for-root-causes/
https://www.lifespacehealing.com/new-blog/2017/11/17/why-we-get-lost-in-drugs-instead-of-making-a-life-we-dont-need-to-escape-from
Gracias.
¿Por qué mucha gente se pierde en las drogas en
vez de llevar una vida de la cual no necesite escapar?
“Creo firmemente que las estructuras sociales están volviéndonos locos.
Aunque la mayoría de nosotros nos tengamos por individuos bastante bien
adaptados, sanos, todos estamos ya en el mismo psiquiátrico juntos”.
Muchos de nosotros, quizá la mayoría, consumimos algún tipo de droga. Cuando
nuestra elección no es mariguana, es normalmente alcohol. Y cuando ninguna de
estas, la norma nacional en nuestra sociedad de consumo son, por supuesto, las
compras. Más que probable es que sean las dos primeras mencionadas o todas
ellas. Pero para la mayoría de los occidentales las compras llenan el vacío y
dan solaz a la exigencia interior. Bastantes investigaciones han revelado el
efecto similar entre las compras y otras drogas. Cuando la gente va de
compras, cierto químico cerebral
conocido como “dopamina” es liberado en el cuerpo: justo el mismo que se libera
cuando bebemos alcohol, inhalamos cocaína o nos enamoramos. La dopamina actúa
en el centro de recompensa del cerebro, y es lo que proporciona ese “colocón”
mientras buscamos nuevas cosas para adquirir.
He experimentado esa sutil euforia al momento de estar en la fila de la caja
registradora en el súper; me recuerda aquellas tomas fugaces de “Requiem for a
dream”: pupilas dilatadas, químicos golpeando el torrente sanguíneo, ojos
menguantes a medida que la sustancia nos coloca. Cosa poco sorprendente, las
compras nos proporcionan una dosis más segura, aunque mucho más cara. De hecho,
para el sujeto socialmente adaptado, que actúa acorde al marco legal, las
compras son uno de los pasatiempos más populares de los Estados Unidos.
No trato de decir decir que las compras, fumar mota o beber alcohol sea malo
per se. No lo es. Es más bien nuestro hábito de aficionarnos a ello lo
que hace pertinente la pregunta: ¿por qué consumimos drogas? Sin importar que
tu tipo de droga sea socialmente aceptable o no: la tele, el juego, el sexo,
los videojuegos, los deportes, comer, las drogas de prescripción, el Facebook,
la acumulación de riquezas, las relaciones; el punto es que culturalmente,
socialmente, tan sólo muy pocos de nosotros no estamos enganchados a algo.
Si quisieras ser cínico dirías que justo a lo que eres adicto es lo que te
hacer ser. Aunque ciertamente, mucha gente es adicta a la misma cosa. Desde
una perspectiva social, es exactamente lo que hace a las adicciones ser aceptadas. Es
lo que hace que no parezcan tal.
¿Pero por qué, en primer lugar, mucha gente se convierte en adicta? La ventaja
de hacerse adicto a algo se traduce en esto: escapar. Estrecha y
compulsivamente nos aficionamos a aquello que bloquea el resto de la realidad.
Ahora bien, ¿por qué querríamos aislarnos del resto de la realidad tan
completamente de modo que nuestro comportamiento fuese destructivo en otros
aspectos de nuestras vidas?
Creo firmemente que las estructuras de la sociedad están volviéndonos locos.
Aunque la mayoría de nosotros nos tengamos por individuos bastante bien
adaptados, sanos, todos estamos en el mismo psiquiátrico juntos. Amén los
antropólogos, la mayoría carecemos del horizonte cultural necesario para
apreciar nuestra sociedad de modo objetivo. Si algún ancestro prehistórico
viera cómo nos comportamos unos con otros (en la escuela, el trabajo, en la
política, con los desconocidos), pensaría que nos hemos vuelto locos. Carecemos
incluso de la perspectiva para cuestionar la cordura de cosas como la banca, la
escuela, los jefes y los empleados, la economía capitalista; la sociedad
necesita dinero simplemente para no perecer por inanición. La vida moderna se
ha convertido en algo frenético, estresante, abrumador. Nuestro hábitat mental
se halla contaminado por anuncios y comerciales de cualquier índole.
Muchos creemos que no hay vínculo entre la estructura básica de nuestra
sociedad capitalista y el incremento de enfermedades mentales que nos afectan
en nuestro próspero occidente. Si te sientes deprimido, por ejemplo, el
problema no es el ambiente que te haría sentirte de tal guisa; si de repente
perdieras el control, y quisieras volar una escuela, estrellar un avión contra
un edificio gubernamental, el problema aquí no es la sociedad. Eres tú.
Afortunadamente, contamos con una solución capitalista también para ello. Se
llama Prozac. Por favor, haznos saber cuando estés bien de nuevo para seguir
tomando parte en el círculo trabajo-gasto como el resto de nosotros 😊
Ahora bien, más allá de los ejemplos palmarios, existe una neurosis más sutil
en juego que nos afecta a todos. Para comprender esto, creo que necesitamos
seriamente cuestionar la inseguridad fundamental producto de la necesidad de
“conseguir chamba” sólo para sobrevivir. Es la base de todo nuestro paradigma
de civilización. Somos “lanzados a la vida” apenas llegada la mayoría de edad.
Nuestros padres hacen esto a modo de “amor apache”, como forma de crear
carácter, claro, aunque derive en la ansiedad e inseguridad propias
de la adolescencia. Esto a pesar de que
somos forzados a conseguir un empleo precario a fin de pagar la renta, que a su
vez nos succionará la mayor parte del ingreso, el cual, por cierto, nunca nos permitirá
salir adelante. Contraemos deudas a fin de poder seguirnos preparando
(requisito indispensable para conseguir un trabajo más o menos decente).
Después de la graduación, tendremos con fortuna crédito suficiente para
comprarnos casa (lo cual implica más deuda). La hipoteca normalmente no habrá
de saldarse en espacio de veinte años, manteniéndonos así prácticamente la
mitad de nuestra vida adulta. Todo esto sólo para tener un techo bajo el cual
resguardarnos, satisfaciendo la segunda necesidad básica de acuerdo a la
jerarquía de necesidades de Maslow.
Uno de los memes más queridos de nuestra sociedad es aquél que dice que si tú
trabajas duramente, cualquier otro también puede. Independientemente de cuántos
trabajemos duro para el sistema, no es
de todos modos suficiente. Nos endeudamos con la esperanza de que una vez
concluidos los estudios, nos aguarda un buen trabajo. Continuamos pagando renta
o hipoteca; empero, mucha gente se encuentra devastada después haber perdido
casa o trabajo o incluso ambos.
Una vez miras el cuadro completo, tengo que preguntar qué clase de daño
psicológico nos está produciendo. Teniendo en cuenta toda esta ansiedad,
estrés, aislamiento e inseguridad que brota del hecho básico ya apuntalado de
la vida civilizada, no es sorprendente que muchos de nosotros nos hagamos
adictos a cualquier tipo de droga.
Y aquí viene lo que de verdad me gustaría preguntar: ¿Sería tan acuciante el
deseo de recurrir a la droga de nuestra elección si acaso el mundo fuese algo
diferente de lo que es? Si hubiese menos problemas, tanto a nivel personal como
mundial, ¿seguiríamos buscando la felicidad en el fondo de una botella o en los
pasillos de los centros comerciales?
Si nuestra sociedad contase con nuevos medios proveedores de sentido y
felicidad, siendo a su vez menos opresiva, es decir, haciéndonos pasar por el
aro a todos por igual con un trabajo de mierda a fin de cubrir la renta ,
¿continuaríamos drogándonos en nuestro “tiempo libre”?
Puede no ser fácil imaginarse un mundo tan maravilloso a grado tal que fumarse
un toque o beberse unos tragos mengüen su experiencia. Sólo por un momento
permíteme argüir que si viviésemos en una comunidad con estructuras sociales y
culturales radicalmente distintas, muchos de nosotros, aunque no todos,
tuviéramos mucho menos deseos de meternos estos opiáceos, o por lo menos no tan a menudo. Si te sientes anhelante al barruntar una vida más espontánea y auténtica,
la mota, el alcohol, el consumismo, la tele y lo demás, te hará, ciertamente,
sentirte “colocado”, pero más insensibilizado, a largo plazo, respecto a la forma
genuina de felicidad anhelada.
Podrías decir que todo esto es grandioso y etcétera, mas no cambia el hecho de
que tenemos que trabajar para vivir, que la sociedad que nos sitia persevera en
su locura y que todo eso no va a cambiar a corto plazo. Concedido. Pero aquí
está el problema: cada que echamos mano de cualquier medio sintético o
comercial para procurarnos un buen momento (siempre que queremos relajarnos o
escapar un rato), declinamos la posibilidad de un futuro más sano y positivo –
ya no para nosotros, sino para nuestra descendencia. Más aún, a nivel
simplemente personal, abdicamos de los medios que nos procurarían felicidad,
cuyo origen se reconocería en nosotros mismos. Si eligiésemos no mirar tele o
ir de compras cada que queremos pasarla bien, tendríamos que pensar en alguna
otra cosa, como salir en bicicleta, ir al lago con amigos, dibujar, y una gama de
actividades que requeriera nuestra participación directa a fin de crear la
experiencia. Cualquier cosa que quisiésemos hacer, su culminación estaría
basada en nosotros mismos, y me parece que hay cierto valor en poder encontrar
la felicidad sin coacción externa. Las sustancias que toman en sí el trabajo de
producirnos felicidad crean, sin embrago, dependencia. Admito que implican
mucho menos trabajo, pero no creo que sean soluciones muy sanas.
Es como cuando alguien sólo se alimenta de “comida chatarra”. Debido a que este
género contiene aceite de soya parcialmente hidrogenado, grasa que es sintéticamente
fabricada y no se encuentra en estado natural, su cuerpo no sabe cómo
procesarla y convertirla en energía. Pero si come semejante porquería el tiempo
suficiente, ya su cuerpo se las arreglará para procesarla, aun de modo
ineficiente, tal como estamos aprendiendo a procesar el poco nutritivo entretenimiento
que nos zampamos todos los días. Y justo porque no nos funciona es que necesitamos
más para sentirnos satisfechos, más a fin de empaparnos mejor. Más golosinas
mentales, más intoxicación, más escándalos de la farándula, más absurdos y
violentos programas de televisión, más estímulos visuales y físicos.
Increíblemente, si bien estas grasas parcialmente hidrogenadas “funcionan”,
también bloquean el procesamiento de las grasas saludables, haciéndonos más dependientes
de las nocivas. Y así, vamos alcanzando hoy día la siguiente crisis social: se
agotan aquellos honestos medios de alegría y felicidad. La belleza y el goce
una vez apreciado y obtenido a partir de la conexión con la naturaleza, como por ejemplo, al adentrarse en un medio
agreste y disfrutar de esta intrínseca cualidad, se está convirtiendo en un malentendido
expediente mediante el cual se disfrutaría mejor de la vida.
Los niños que hoy viven en verdaderas junglas urbanas están privados de esta
conexión. La naturaleza es algo que está “allí fuera”, de la cual se lee en
libros de texto y que parece más aburrida y poco cautivante en comparación con
el frenético entretenimiento de la tele, juegos de video y los centros
comerciales virtuales en sus celulares. Los chicos son alimentados por un
constante afluente de información y representación mediática que constantemente
los coloca en el centro de atención. En el mundo de la representación
mediática, todo se reduce a segunda persona: “Tú, Tú, Tú”. Así en mayúsculas.
Naturalmente, cuando uno de estos peques mediatizado tiene un encuentro con una
experiencia directa, en el aludido medio agreste donde nada fue específicamente
creado para él o ella, y las cosas simplemente “son”, puede hallarse perdido
sin saber que hacer consigo mismo. “¿Qué es el punto de hallarme aquí de nuevo
(en el susodicho medio natural)?”. El tipo de diversión que los chicos de hoy
día anhelan se halla más bien comercializado, empaquetado y de venta en las
tiendas.
Desde luego, lo anterior también aplica para nosotros, “niños en edad adulta”.
La miríada de formas de entretenimiento producida para nosotros se ha vuelto
ponderadamente eficiente en esta tarea. Un destellante celofán envuelve todas
las promesas que el paradigma consumo-trabajo-gasto ofrece. Las agencias
invierten billones de dólares y las jóvenes mentes más dotadas que han
estudiado meticulosamente la ciencia y el arte de estimular nuestros deseos van
directo de la escuela a ello. Entre más viejos nos hacemos, más natural se nos
hace esta sociedad enferma, y más satisfechos estamos ante lo que nos tiene que
ofrecer. Condicionados a aceptar sus rutas de escape cultural desde mucho ha,
es posible que no reconozcamos una mejor vida incluso si la viésemos. Y si
pudiésemos verla, me pregunto si nos pudiese parecer tan ajena al punto que
prefiriésemos la que nos es más cómoda y familiar sobre aquella menos conocida,
aun cuando secretamente la odiésemos. ¿Y si hubiésemos ido demasiado lejos,
viviendo tanto tiempo así, de modo que ahora identifiquemos nuestros hábitos
adictivos como una parte de nosotros mismos? Tan tóxico para nuestra cultura,
puede serlo para nuestra salud –con todas sus drogas y distracciones; si estas
drogas se han vuelto un amigo reconfortante, ¿podríamos romper con ellas?
¡Damas y caballeros! ¿Se ha horneado ya nuestro pastel?
Quizás. Mas si estamos obligados a mamar de la comida chatarra u opiáceos
culturales, me parece posible que podríamos empezar por descubrir nuevas rutas
a fin de crear sentido en nuestras vidas, e incluso un nuevo afluente de
diversión mucho más valioso que cualquier efímera satisfacción.
Ahora que si queremos soñar en grande, soñemos pues en grande. A futuro, veo
una sociedad donde las necesidades básicas de cada ser humano estén
garantizadas: comida, techo, salubridad –seguridad “de la cuna a la tumba”. Veo
un futuro que no haya menester de trabajos tediosos, sin naciones-estado, sin
reglas ni gobernantes, jerarquía o guerra. Piensas que esto suena a fantasía,
pero es posible ahora. El problema no es técnico ni creativo. Es más bien de
retraso cultural, de nuestras vetustas instituciones y valores que no son
capaces de ir al ritmo del avance tecnológico.
Concientizar esta clase de futuro, empero imposible –en el sentido de no poder
imaginar algo mejor de lo que actualmente tenemos-, significa despertar ante
los problemas que nuestra generación debe arrostrar.
Parte de la apatía natural de nuestra generación yace en la paradoja de ser
conscientes de los grandes problemas y nuestra negligencia para hacer algo al
respecto. De hecho, este comportamiento, este conflicto de conciencia e
inconsecuencia práctica es en gran parte lo que genera apatía. Cuando uno tiene
ideales pero no vive de conforme, crea un sutil pero perdurable conflicto
consigo mismo debido a que la vida resultante no es auténtica. La apatía es un
mecanismo mimético de este conflicto. O tomas acción o te dejas de preocupar. Alguna
opción tiene que acontecer en tu psiquismo a fin de no volverte loco. Suprimir
esa empatía y coraje de cara a, o en la concientización de la opresión, es
normalmente el camino de la menor resistencia.
Ajá, si optamos por el otro camino, nos vamos a encabronar. Ajá, habrá
dificultades y estaremos frente a frente con las injusticias del mundo tal como
actualmente son. Pero en última instancia, este coraje puede ser algo bueno. Si
podemos canalizarlo en la creación de nuevos sistemas de vida y cultivar a su
vez los valores positivos en los que creemos, sobrevendrá un aluvión de cosas
buenas. Entonces, confía en tu instinto. Explota los sentimientos que
resguardan tus agallas, porque algo maravilloso ocurre cuando empiezas a tomar
acción –tu cinismo se difumina. Repentinamente, todo tiene esperanza, y te das
cuenta que podemos cambiar el mundo. Repentinamente, tienes el poder de elegir
por ti mismo. Podemos hacerlo si nos ponemos en ello.
Ahora, vayamos unos años para adelante. Te has comprometido con la causa. Lees
noticias “alternativas”. Estás ligado con al menos un grupo de activistas
locales y trabajando en proyectos que impactarán en múltiples niveles sociales.
¡Eres una verdadera chingonería!... Y también probablemente aún mejor en la
cama J
Sin embargo, aquí hay peligro. Al cabo de un rato, las drogas pueden suponer un
problema potencial. Una vez dispuestos a cambiar las cosas y habernos puesto en
ello para conseguirlo, ni siquiera así los cambios que buscamos se
cristalizarán por algún tiempo. El gran cambio de paradigma que hemos elucubrado
puede encontrarse incluso más de una generación adelante. Lo que
experimentaremos hasta entonces serán muchas pequeñas, a veces grandes, más a
menudo e inmediatamente, diferencias
intangibles, que no serán plenamente notadas hasta que hayan comenzado a hacer
sentido.
Me di cuenta que que tras haber comenzado a hacer algo de todo esto, parecía como si llevar
a cabo algunas de mis anteriores actividades favoritas estuviera mejor, ahora
que iban acompañadas de más substancia. Hacía el trabajo, pero una semana más
tarde, algunos meses, ahora ya un par de años, los grandes problemas todavía
están allí, de modo que entretanto hizo sentido salir en busca de solaz.
El problema es que cuando queremos relajarnos, a fin de liberarnos de los
problemas que aparejan una mañana de lunes o lo que nos atañe a nivel local o
global, corremos el riesgo de agotar las energías que de otro modo podríamos
dirigir a la solución de dicha problemática. Necesitamos energías para resolver
problemas o bien pensar creativamente, y echar desmadre como estrella de rock
ciertamente nos energizará por la noche, pero nos dejará pulverizados a la
mañana siguiente.
Lo que requerimos para tener éxito es un esfuerzo sostenido. Los grandes
poderes desde siempre hasta ahora han triunfado debido a su ímpetu puro que
persevera en “agitar las aguas” –es lo que condujo a la generación “hippie” al
desgaste para finalmente volcarla a trabajos lucrativos, y también lo que ha
conducido a la generación “rave” a la apatía y hastío por igual, entre otras
sub-culturas.
Lo que alguna vez fue una marejada de potencial energía creativa y pensamiento
fresco ha sido nuevamente disminuido a lo que ahora parece haber sido una moda
pasajera de jóvenes idealistas. Otra vez, creo que justo porque carecimos del
esfuerzo sostenido y paciente para concretar nuestros ideales, y porque estas
subculturas invirtieron más tiempo en drogas que en resolver los problemas de
raíz.
Mediante el consumo de drogas, hemos potencialmente cometido un inmenso fraude
contra nosotros mismos. Como nuestros padres en la generación precedente, nos
encaminamos al sometimiento del vibrante y poderoso espíritu en nuestros
cuerpos a fin de encorsetarlo en chácharas triviales, a la queja apenas
murmurada, al punto de encontrar desagüe en los medios que le han sido ofrecidos
a tal fin. Podemos haber hasta ahora aceptado placeres pequeños y momentos
efímeros de entretenimiento comercial como suficiente –como si esto fuera todo
lo que ha habido siempre.
Nuestra generación, adhiérase o no a más altos ideales, está rápida y
peligrosamente alcanzando el punto en donde el “sólo por irla pasando” se hace
suficiente: conseguir trabajo, mirar una peli, tener sexo, comprar más mierda.
Podemos pasarle los problemas a alguien más. Satisfechos con la gama de
entretenimiento que la cultura de consumo tiene que ofrecernos, y abrumados con
el desencantador reto que arrostramos, hay suficientes distracciones para
mantenernos agradablemente apendejados mucho después que hemos olvidado de qué
se trata la vida en verdad.
Ahora bien, incluso a los más acendrados eco-activistas les gusta ver pelis,
dejarse ocasionalmente absorber por los videojuegos o fumar algo de mota,
cualquier cosa. Ciertamente está bien disfrutar todo esto. Sólo que es importante
conservar el balance con el resto de cosas en la vida.
Para mí, el activismo, dibujar, hacer música, bailar, andar en bici,
fotografía, la alter y contra-cultura, escribir, y otras artes creativas, son
formas de goce que perdurarán en mí más allá de la actividad en sí. Más
específicamente, son actividades cíclicas que crecen cual espiral hacia una
meta que no se hace necesaria definir. Ese es mi problema con las drogas como
tal, o bien recreacionales: dirigen únicamente hacia sí mismas. Metiéndonoslas,
encontrando en ello “escape” y “liberación”, hallamos solaz temporal. Pero luego
llega la mañana del lunes; prendemos la tele, y nos encontramos con los mismos
problemas. No nos hemos hecho más sabios. No hemos querido el progreso hacia
ninguna alternativa. El único recurso es otra dosis, a fin de “voltear para
otro lado” el siguiente fin de semana, y hacerlo una y otra vez, semana tras
semana tras semana…
Este ciclo es probablemente cumplimentado con momentos inspirativos,
promoviendo declaraciones de intención para cambiar y combatir los embates de
la apatía. El momento de leer este escrito puede añadirse a la lista. Pero las
afirmaciones gratuitas no son útiles por sí y en sí. Deben ser seguidas de
concentración y puesta en práctica –acción que refuerza nuestra creencia en
quiénes somos. Estar conscientes de las trampas que nos hacen retroceder sobre
el mismo espiral es un buen comienzo. A partir de aquí, podemos elegir cual es
el siguiente paso a tomar.