martes, 1 de agosto de 2023

Esta noche es un francotirador, un crujir de dientes.

 esta Noche mana como la sangre de las muñecas de jesucrito,
esta noche rechina los dientes, y nos odia,

esta noche se parece a un animal escalpado y sucio, a una criatura que aulla,
esta noche es una rajada en las venas, una mártir, una santa:

sobre las rodillas de esta noche, amigos, se puede sentar el día subsecuente,
hipócrita, despejado y blanco...
Sobre su regazo, todo aquello que quiera autoridad para nacer...
se parecerá a una noche negra, amarga, y llena de cuervos:
en esta noche vestida de luto,
recibiremos el descargo del mañana blanco, con guante y bendición...

esta noche mana como veneno de cobra;
esta noche no discurre, sino se escurre en nosotros, con la fuerza del anatema...
Nos pinta las venas de violeta, nos voltea los ojos al revés,
nos hace hablar en idiomas ininteligibles
y nos erecta el pene...

esta noche suena a tarro tirado al suelo con furia,
y a mentada de madre. A carraspeo e improperio.

Esta noche es un francotirador.
 

 Sobreviviré a un mañana nuclear en que profetas y locos tropiecen; sobreviviré a un mañana pálido como la cara visible de la luna; sobreviviré a la enfermedad, la guerra y el hambre arropado en el calor exangüe del loco que grita , del vástago que se esfuerza, de la rama o del pelo que se riza;

sobreviviré a las mentiras ajenas y propias, a las denuncias a la policía, a los puños cerrados contra el pavimento, a los versículos bíblicos que prefijeron mi venida al mundo, llena de cuervos,
ahíta de notas como cerca de almabre de púa,
¡oh sí!, sobreviviré al mñana abierto como ostra, sangrante
y lleno de veneno, dispuesto a los labios del César!

poema

 ambién salí a la noche (me espereba fumando) despeinado;

con nuevo tatuaje (del sexo, nuvo nombre), y sangré mucho
porque debía darle de beber...
nací en el filo del tiempo y de la carne,
nací a mitad de una nube negra
y como rayo aterricé (toqué tierra, marchita
y maldecida: llena de flores de uranio
y pétalos mustios, pálidos)
Nací con el anatema a la Tierra,
de un Satnás ridiculo, ondeando la bandera que quién sabe que lucha social, alterado, y le pisé las cejas y el labiañpl.
Nací con el propósito de ser
launa bomba nuclear,
un nuevo sofisma ante la gente en hinojos
y con los genitales al aire;
nací con la oculta misió de decirle a la humanidad
despojada de sus roipa y carnes y afectos y vivicos y vitudes
que dios no la ama. Porque hablé con él, y borracho,
con mocos y sonidos raros y una cuentan pagada de antemano por los comensales
dijo que se arrepentía. Que ya no iba a mandar a más Juanes Bautistas, que sus lágrimas de Black Label bastaban
para lavarnos en torrentes de amargura y asco.
Y que si quería, reinventara el Napalm, y lo derramara
en el afluente más poderoso: parecía un oficinista mediocre.
Y por tanto no tengo más que contar.
Me iré a llenar las venas de blasfemia y alcohol barato, de nicotina, y mugres invisibles que flotan en el aire.

HOY. poema

 Hoy me siento "doctorado" para recitar mis versos más bajos, más crueles, más profundos,

al automobilista desesperado en el tráfico,
a la piruja más desalentada,
al mendigo de taza vacía,
al perro más hambriento,
Hoy recitaré mi poesía al viento, y a la carne de los árboles, temblorosa...
hoy diré mi verdadero nombre al universo, centelleante arriba...Hoy la Tierra temblará,
y querrá tragarme, (pero no podrá);
hoy se esconderán las ratas, la gente, y los pesares,
hoy no habrá mañana.. Hoy, "hoy" se verá en el espejo,
y se espantará de sí mismo,
porque todo es "hoy", huidizo, puto, muy puto...
"Hoy" correrá como ladrón apaleado,
bajo los mazos oscilantes
del mañana , del ayer, de lo que nunca será, de lo que nunca...
hoy no hay luna llena, porque yo lo digo; hoy no hay noche de terciopelo,
de encajes negros, de miradas de paloma,
hoy la noche no será: acaso un relámpago, un ojo cerrado;
una tibia presencia, una groseria entre muchos padres nuetros,
una mentolada reminiscencia... pero no será,
de no salir ahuyentada ,
liberada,
escurriéndose
como gato famélico,
de las palmas.
Hoy tal vez comprenda lo que sólo fue escrito para mí
en la biblia,
en los postes,
en los baños públicos;
hoy, esta noche, será el día
que descorche la champaña del sentido de esto:
y me emborrache y lo celebre
mientras me ducho desnudo con todos los versículos, con los salmos
y los sutras... hoy estrecharé la mano rugosa de Dios...

domingo, 16 de julio de 2023

Una pequeña historia.

 

Contaré de cierto territorio al cual únicamente se accede por vías no oficiales. Mucho menos normales. Ni siquiera por manipulación física, al estilo de las leyes transigidas en la ciencia ficción, como el “Caballo de Troya”. O en el mejor de los llamados “realismo fantásticos”: no hay Macondo, no hay Fantasia, no hay Comala, no hay nada que se le parezca al pedazo de región que “me esperaba”, y por lo cual estoy autorizado, obligado a dar cuenta. ¿Quién si no?
Porque recorrí en mi juventud lo que fue reservado a los hombres, y porque en aquel entonces, joven yo, el pasaporte podía esgrimir: mi país me amparaba, aunque no me extrañase demasiado. Y así fue como caminé por la España, Italia, Bélgica, Holanda, Alemania y etcétera, y todo eso fue bien, increíble, pero nada comparado con la vasta y exuberante vegetación y de gentes de un pequeño, pequeñito país al cual entras como en resbaladilla, pues no de otra forma: el truco es no esforzarse. Ni siquiera hay alguien custodiando sus fronteras.
Quién sabe cómo sea en los países vecinos del norte, donde los polos magnéticos deben jugar su parte para atraer riquezas y masas humanas, aunque dicen que duro es, y que hay quienes atraviesan desiertos, selvas, el Tapón del Darién, la Lacandona, esas inhospitalidades de arena que defienden al llamado “país de Dios”. Ha de valer la pena dejar todo atrás, sin duda. Yo no, yo después de mis correrías cuando aún mis piernas eran fuertes y pudieron llevarme y traerme a placer, hube de moverme lo mínimo indispensable.
Tal vez la vida, lo que los hombre y los libros sabios llaman así, sea para vivirse y no contarse; tal vez tú quien estas líneas recorres desees mejor vivir antes que escuchar a través de mí y mi presunción de un tal país, inseñalable en el mapa, de personas que ninguna etnología, de lenguas que ninguna lingüística, de costumbres que ninguna antropología… Aún estás a tiempo, si el tiempo te representa algo, lector desprevenido, de abrir tus redes sociales, pues aquí te lo haré perder.

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Trinan fuera los pájaros, trina la madrugada entera, y mi cabeza trina con ambas.
Me desperté con esas ganas evangelistas de dejar todo por escrito, de pelear contra el olvido de los hombres y el polvo que todo sepulta, de brincar con la pértiga y marcar un nuevo récord: incluso el de la tontería más absoluta, ¡bravo! Al menos me levanté con ganas…
Hay veces que quisiera ser rico. Hay veces que quisiera ver al dinero desbordarse de mis bolsillos, al punto de darme asco en su caudal estrepitoso, pero sólo hospedan pelusa y una que otra mugre.
Me desperté con ganas de llorar mientras la mañana abre su persiana de fuego, y nada me ha importado, ni siquiera lo que llevo en el interior: perros muertos de hambre, la toma de la Bastilla o del Castillo de Chapultepec, el Covid 19, todo ha caído de un escopetazo, o de una fulminante premisa filosófica
No creo que ninguna de las máquinas habidas y por haber, llamadas “inteligentes”, se despierten alguna vez así. Así se estila en el país del cual provengo: el hombre provee. El significado. Que se hagan cargo los que saben.


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De cualquier forma nada he dicho, y todo sigue en mi pecho, pero lo daré: con barbas crecidas, con cabello largo, con tatuajes y dientes cariados y uñas sucias, con un par de grapas , como en el argot se dice, lo daré todo.
Ingresar  al país que te digo, no fue fácil; ¿visa?; no.
¿Y si hubiera un territorio con sus leyes y sus gobierno y su religión y sus gentes que nada más te esperaran a ti, lector? ¿Estarías dispuesto?

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A dónde fui a parar, permanecerá en el misterio, y no pierdas , o que el “tiempo” no te pierda, seas lo que seas, lector, lectora.
Te contaré del país prometido, lo que viví y vi y vencí, ¿quieres?
Las avenidas son azules, los periféricos son rojos, los arrabales huelen a madres, las calles ¡vaya! Una mierda que ni a Jesucristo, en Getsemaní, se le hubiera ocurrido: ni en la jodida colina de la desesperación hubiera sido oteada: ni el Hijo de Dios…
Bueno…
Antes de moverme de México (¡qué bien se escucha!), me preocupé por
las drogas,
las drogas,
y las drogas.
Después fueron las mujeres.
Pero antes fueron las drogas.
Y ya.
Y en todos lados me pidieron pasaporte, y de todos lados me escaqueé, y en todos lados me la pelaron…
Menos al que se me reservó… El país que me esperaba era custodiado por un gato negro, con el que tropecé, por una hermosa prostituta a la entrada del templo, por un pío funcionario a las del congreso: las Leyes parecían pan recién cocinado, frescos vegetales verdes o rojos…
Debería ahorcar a alguien y sacarle la tinta de los ojos…
Debería machacar a martillazos las rodillas de esotro alguien…
Debería, en barra libre, beber la sangre de una vena abierta…
Y leer hasta agotarme la nota roja, la oculta crueldad que como señorita se oculta tras  tus rosas fachadas…
Finalmente bullimos todos, por dentro, como el Popocatépetl.
Ahora que…

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No mames, todo empezó por un choque de meteoros, por un choque de vidas, de formas de verla, interpretarla y estar, no mames, todo empezó porque quiso, todo empezó porque así, y nadie pudo evitarlo. Todo empezó por una voluntad que no fue la mía, todo empezó así:

Le arrancamos una página al mañana
(y después que te cagaste)
chocó tu cabeza

llena de alimañas
 contra el techo de la Felicidad,
hicimos el amor sobre un tajo de basura,
quisimos cerrar la Noche, Tú y Yo…
quisimos y no pudimos…

Y entonces me vienes a decir que mejor me hubieran parido con la boca cocida, con los brazos fracturados, con piernas amputadas, y entonces tienes cara para tirarme otro dardo más venenoso, cuando todo fue como un tullido mañana…
¿De verdad nunca supiste que tipos como yo ya nacieron muertos, que salen del útero para ver morir el sol, nunca lo supiste, mujer ojete, mujer de hierro, mujer de amargura, mujer de la agitación de mi cuchara en el café? ¿Qué me queda al final, sino tus pestañas como abanicos espantando moscas y dioses por igual? ¿Qué me queda si no es la noche para aullarla hasta quedarme sin voz, qué me queda sino la tachonada negrura a la que ni rozo con mis poesías horrendas y tu cabellera prehistórica?¿Qué mi queda, si no es la Razón?¿Qué me queda bajo este día hipócrita con sus nubes y sol como barata ramera y su ceniza en párpados y su arrebol en la jeta dorada,  qué? No veo nada más…

La implosión que llevo dentro… Saldrá porque saldrá…


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Sabes a música que no fue, tú toda sabes a Música…. Eres la voz de los poetas muertos… Pero te hacen falta cuarenta mil vidas, cuerpos y mentes y almas, nada te cupiera para saber, pequeña.

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La historia que se escribió, el país al que hube de llegar, nada te involucra. Llegué solo.
Fue así:
el avión me salió en diez mil dólares
me rapé, me corté las uñas,
peleé con mi perro y con mi hermana,
azoté puertas, fuí a donde los tatuajes, me tatué el rostro;:
me puse una blasfemia irrepetible,
amarilla,
canté canciones que nadie, nadie se atrevería,
e invoqué a satanás.
Se apareció apenado, como niño idiota, y le pregunté qué se le ofrecía.


 

Y le di un cacho de pan blando.

Después, marchando con su tridente y su cola entre las patas, como loco reí: y reí y reí.: se marchó con la cola entre las patas.
{Soñé a propósito que el Lenguaje no pertenecía al Pensamiento, y que el acto de pensar pertenecía al libre albedrío (el cual no existe, me lo dijo satanás), pero lo soñé]….
Y soñé… Te soñé…

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Nadie cree que existo: nadie cree en mí, luego no existo.
Te escribo desde la No-existencia, te escribo desde la región que no hay, desde la nada: se parece tanto a Dios.
Fue bullir hasta evaporarme, fue arder a la manera de Quevedo, fue querer dejar de ser como llegué al país, región, pedacito de especio donde ahora me encuentro. Donde Nadie cree en mí.

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Hay razones para no inventarme la Muerte.
Hay miles.
Una: la Muerte no es. No es. No es. Y así seguiría, hasta el cien mil (no soy el primero en decirlo).
En fin. En mi país es lo siguiente...

 

 

 

 

lunes, 10 de julio de 2023

a last poem.

 

Mira cómo yace todo roto en el suelo
 y los años con sus meses y semanas
los suspiros por tus besos y los besos suspirados
las fotografías hechas pedazos que no tomamos
nuestras manos enlazadas nuestros cuerpos anegados
de nuestros mismos cuerpos…

Todo yace roto por el suelo
los días vividos los mañanas esperados
los hijos no nacidos los padres ofendidos
hecho polvo todo está todo está
siendo barrido siendo olvidado

Ya yo yazgo por el suelo tú acaso por el cielo
yaces flotas eres una en el regazo
de las nubes más protervas negras nubes
que en abrazo traicionero a la tierra
se derriten en jarabe deletéreo…
Mira como todo yace hecho pedazos…

Nada sube con el carro de Apolo
sino humo sino humo humo negro
negro ocaso negro ocaso con un fuego
que consume que corroe … que corroe…
como el odio…

Imposible escribir de amor: puto odio, es más fuerte. Debo de conformarme con el trago y los cigarrillos baratos, el jazz tirando a mediocre, y una bola de recuerdos negros y enredados como bola de estambre para mi pensamiento como gato inquieto.
Puto odio: ojalá nunca hubieras incubado en mí, pero te conocí, te amé, y comí de tu carne envenenada. Por eso ahora me pudro en vida, en muerte, y en un más allá que honestamente me espanta, del que quisiera ser expulsado, mas no lo consigo, haga lo que haga.

Estas rimas que suenan a cadenas oxidadas,
estas pausas que se parecen al silencio previo a la sentencia del infierno,
estas palabras que se tropiezan unas con otras,
estas metáforas atacadas de cáncer, yo te las dedico:
todo termina pareciéndose a ti, tu perfecto retrato, el hiperrealismo
con que mi mano furiosa delinea tu rostro de grimorio,
tu constelado cuerpo de caóticas estrellas,
tu vagina como hoyo de gusano, tu boca-cuásar,
y tu maldito nombre que encontraré
a cada vuelta de esquina. Y cada que en el ángulo mental
o urbano te encuentre, te diré con dulzura: chinga tu madre.

 

sábado, 24 de junio de 2023

LA AVENIDA DEL DESAMOR. (RELATO).

 

Hay quienes la conocen como la avenida del DES-Amor (sic), pues yendo en contraflujo de los coches pasas por la cantina, luego el juzgado, luego el hotel; dirección Viaducto haces camino contrario, te hotelas y te casas y te empedas. Gran diferencia.
                Hay quienes sin embargo obvian la ley del hombre (y la de dios). Así que se empedan y cogen, sin trámite. Excelso.
                Avenida Revolución se extiende a lo largo del poniente de la ciudad rumbo al sur, y así yace como mítica prostituta sobre fino terciopelo, y es desde su posición privilegiada que nos atrae con mirada lasciva y calor de útero.
                Trabajé un tiempo en la cantina, servía copas, y busqué insaciablemente a la muchacha ebria de Huerta en la dulce asfixia alcohólica de los rostros de las que cuchareaban más de la cuenta, ahogadas en mocos y lágrimas, cantando a todo pulmón las del Chente y José Alfredo ¡y claro!, del gran Javier Solís, cuyo busto fue aterrizado en la alameda de enfrente: “llanto ebrio, lágrimas de clavel, de tabernas enmohecidas/de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre”, buscaba yo en cada una sin encontrar nada, y envidiaba a los etílicamente evadidos de sí mientras lavaba vasos (los muy hijueputas me daban trabajo de dos pagándome lo de uno).
                Entraba el crudísimo cuarteto de norteños después de las seis, el vendedor de loterías sin boleto ganador, el bolero que ostentaba tres doctorados en la ciencia del albur, y de vez en cuando alguna piruja desalentada. De jueves a sábado aquello era carnestolendas, y no era raro abrir la puerta del sanitario y sorprender una felación, algún respetable magistrado esnifándose lo de la hipoteca, o simplemente el alma de alguien sobre un charco de verde vómito. Cualquier cosa podía ocurrir de jueves a sábado dentro de esos baños, como si tal axioma fuera la vacuna contra la capacidad de sorpresa.

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“sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada”, añoraba mi corazón atrofiado, mi mente intoxicada, mi voluntad drogadicta.
                Procuraba mandarles peñascos a las que se atrevían a pedirme una piedra, pues quería extraer de sus rostros mustios de resaca a la tierna histérica, a la mujer parecida a voluta de cigarro, al tatuaje de su eterno arquetipo que todos los que amamos a La Mujer llevamos en esotra epidermis más sustancial y delicada.
                Buscaba en esa cantina a mi Eterno Femenino.

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                Los meseros todos son unos putos chismosos y metiches, se sabe. Y yo por eso antes de ser cantinero mejor lavé los baños, declinando el puesto en favor de gentes sobrecualificadas con lo que ya dije.
                Un martes, día magnánimo con nosotros en su ‘nihil agere delectat’ (el placer de la huevonada), escuchaba la estridente risa del Fox (por vicente), el contrabajo de los norteños, y ahí se encaminó mi atención: se reía en la constreñida cara enrojecida de Pepe, el mesero más viejo y vanidoso de todos, a quien le habían espetado un “sutor, ne ultracrepidam” con su concomitante explicación: un redondo “te vale verga, Pepe”: pues éste era amigo de expresarle a quien se lo pidiese o no su opinión sobre tal y cual cosa, lo mismo sobre la mejor botana de la casa que sobre fisión nuclear o filosofía tomista, por tanto fue liberal y mano abierta cuando escucho de refilón que el zapatero de la esquina se había quedado sin empleo, sugiriéndole en su siguiente vuelta que podía hacerle la competencia a Chucho el bolero, pero acaso ello hubiese estado muy por debajo de la calidad del personaje en cuestión ( y dicho con cierta malicia por Pepe, como si de verdad lustrar zapato ajeno abyectara al hombre con toda su fuerza alegórica, mientras que por el brazo literal de la realidad no tiene reparos en ser puesto “de a cuatro”, cotidianamente), acaso fue la discreta cuanto inconsciente asistencia de las hijas de Mnemosine quienes le susurraron lo que Apeles le contestó al de su gremio, dechado de todos los zapateros. –“¡Te la metieron hasta el intestino grueso, Pepe, y ni cuenta te diste!”, le decía el alborozante Fox, cuyo parecido con el infame exmandatario, aunque sólo en el físico, era de titulares. Conque yo lo remato pidiéndole al Fox y a los otros tres aquelarrantes “el mono de alambre” dedicada a Pepe, y éste sonríe dejando ver entre dientes su orgullo macerado como palillo…

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                Cierta vez le disputaba a la licuadora los restos de lagartija para la treinta y nueve (me salía de semidiós), cuando entró la que había estado buscando:
uno sesenta (se dice de las mujeres pequeñas estar así por proximidad al infierno),
ojiverde (el infierno del infierno)
apiñonada
malhablada
muy fresa
y más jijadelachingada: de ésas que nunca sabes lo mucho que una bagatela dicha al vuelo puede pisarles los callos, y te cagan a bofetadas en una sola frase, o incluso UNA palabra (insistiré en ello).
                Llegó lastrando el mal hábito de la prisa, cuando fue domingo el día que apareció. A la cantina. A la barra. Conmigo. A chupar. Y empedarse.
                Lo cierto es que quería desfogar ahí cierto desengaño que la traía –dijo-, “empinada”, y que yo libaría durante la liturgia lacrimosa que estaba a punto de oficiar –eso pensé yo-.
                “La muchacha ebria” –la llamaré en lo sucesivo- de tan insinceramente observarme mientras me afanaba con la bailarina por los restos de hielo semidesintegrado y por probablemente llegarle el olor a menta del licor – se sabe que a los filóposos nos gustan las cosas “con personalidad”: olor a thinner, vagina o petricor, verbigracia- , me pidió, aún con el teléfono en la oreja, una también: le dije “nel”, por decir algo chistosito, pero ella iba armada hasta los dientes de una mordacidad inusitada: “entonces chinga tu madre pero antes ponme un cuatrocientos conejos derecho”.
                ¿Qué hacía?
                Le dije que no había forma en que las máquinas nos superaran desde que el Hombre persiste, mientras que la máquina logra: en su surgimiento les va el acotamiento, y que sólo era nuestra vocación de esclavos y la adicción a lamer el fuste lo que generaba la apariencia de su superioridad, pero ella me zanjó con un “todos los honvres son putooooos”. Cerré el hocico, devolviendo mis pubertas filosofías de la tecnología a la camita de pelusa del bolsillo del jeans.             
                 Cortó la llamada fingida.

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                La dejé inerme de su reluctante misantropía echando mano del Monstruo de la naturaleza:

                 “Puto es el hombre que de putas fía”, etcétera.

                Me atribuí la autoría del genial soneto, y me espetó de nuevo otra mentada de madre (merecida).

                Le dije que había que “follar con las mentes”, y esta vez sí la vi con ganas de arrojarme las cuatro onzas de mezcal en la jeta (un cantinero mesurado a consecuencia de religiosa sobriedad es un mal oxímoron, algo que sólo un dios  canalla admitiría en un paraíso de supermercado ambientado con un quinteto de querubines con arpas), pero como estaba empecinada en una batalla interna contra su propia lucidez, prefirió arrojárselo dentro. Me preocupé sobremanera de que se extraviase junto con mis afrodisiacas posibilidades de hotelármela (una mujer yerta no me excita), pero pronto me lo disipó su báquica tolerancia y el ingenio que se afilaba más y mejor tras cada vaso: “in vinum veritas”, dijo tras eructarme en la cara.

                Al séptimo vaso es que se acuerda del “tipejo mierdero” y deja sus lagrimales a su libre albedrío.

                Al octavo pensaba irlo a buscar y rajarle el rostro con el vaso previamente estrellado; hube de detenerla invitándole el noveno a cuenta del miserable gallego que llevaba el tinglado; en el décimo me confesaba que hubiera deseado vivir en la Europa renacentista para hacer un trío con Rabelais (Hic bibitur) y César Borgia (“Aut Caesar aut nihil”), y decidí asimilar eso con unas ocho onzas de mezcal corrientísimo que me procuré furtivamente y con éxito.

                Me dijo que el onceavo lo invitaba ella en el cinco de enfrente, pero que me quedara absolutamente claro que si volvía a atribuirme falsamente un solo verso de Lope, Machado, Darío o incluso Neruda, iba a practicarme una autopsia asegurándose de mantenerme con vida todo el tiempo, además de romperme la madre antes.

                Le creí con auténtica fe, pero eso no la iba a librar de las cosechas de mi propia guadaña.



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                Chupaba de su Marlboro con el mismo encono y ganas que el enfermo terminal sus quimioterapias, y me decía lo que más le había gustado de mí:
mi tacto de hampón al servir copas (por los robitos furtivos para mí mismo)
el desvencijo sobre mis ropas y personalidad
la incipiente mugre en mis uñas recortadas con los dientes
lo viperino que lastraba bajo mis respuestas idiotas
algún atisbo de inteligencia tras mis pupilas macilentas
los chirriantes goznes que sacudían mi voz y denotaban la carencia regular de sexo
y mi ser cual general lamento.
                Se limpió el culo conmigo, pues.

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                Después de haberle rubricado las nalgas a mordidas, me enteré de su vida miserable, y el por qué lloraba como loca en la barra: sentí su dolor de caricatura cocinándose a fuego lento  en el caldo de los diez cuatrocientos conejos con que la había especiado: y a partir de ahí no dejé de pensar en su sexo de orquídea martirizada y sus senos copa b entre los que deseaba zozobrar: el timbre de su voz era como pleistocénico, como venido desde la invención del tiempo, y los gestos de sus manos auguraban las catástrofes de las Erinias, erizándome el vello de la espina; sus conjuntivas parecían a la superficie lunar, cicatrizadas por los meteoros de la vida, pero los írises esmeralda aullaban como memento vivere; su masa capilar después del sexo podía competir con Troya en manos aqueas, y sus pensamientos tras el telón de su cabello negro, eran en efecto como pájaros muertos, o cuando menos muy pedos, dejándose en errático vuelo el alma en algún parabrisas.
                No diré el nombre del hotel en que colisionamos, pero sí que estaba también sobre Avenida Revolución, y ésta como Naná lánguida y voluptuosa (con todo su carácter putativo y su relación con el putar, podar ramas, elegir, seleccionar, desbrozar: la Primera Mujer sublevándose al Hombre y al Dios que la creara, siendo dueña de su sexo y destino, aunque la historia posterior con la estúpida de Eva la hubieran infamado). Huelga decir que nada de lo anterior requirió la asistencia de un juez de lo civil y la argamasa social de la institución del matrimonio, en virtud de la cual yo tenía parroquianos verdaderamente asiduos en la barra, dispuestos a bajarse la amargura de la garganta con tequila centenario y deplorar con denuedo la maldita confusión  antivoltairiana que los había conducido al altar y al sacramento de hombres como cuervos: aves de mal augurio que encima exigían tributo pecuniario. A mí no acudía ningún pobrediablo sin corbata cual dogal o correa.  

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                Le chocó mi petrarquismo barato y mi sufrimiento de tocador.
Ignoraba por completo cuándo debía arroparse la expresión con el verso y por qué, pero detestaba que lo que se podía expresar mejor en prosa llana fuera hecho en “versitos”: epítome de la mediocridad y mendacidad de nuestra especie: “gentuzas a quienes habría de ahorcar con su mismo cordón umbilical”. “Ay güey”, pensé,  “qué duda cabe que estoy con una ministra de Dike Polypoinos”. Le dije, y sonrió con sevicia: “justo ese sentido sagrado de la Mesura es lo único que nos puede llevar a la Desmesura, a lo Inconmensurable”. Sonó oracular y aplastante. “Si el Sol rebasara sus límites no dejaría lugar a la Noche”. Fue el acabose, así que me introduje en ella con verdadero frenesí.
                La siguiente consideración postcoital a destacar rozó más bien la superficie de lo mundano, la cháchara de mercado: que si era casado. Le dije que no llevaba anillo; me dijo que no era extraño; le dije que no llevaba yugo, y eso pareció gustarle más: “bestias de carga que terminan mimetizándose mutuamente a fin de arrear al mismo paso. ¿Por qué renunciar a lo indómito que hay en uno?”, y no pude estar más de acuerdo. “Es un alivio saber que entonces, después de aquí, no me pedirás llevarte al registro civil”. “Jajajajajaa, ¡no pendejo! Pero podríamos hacerlo si quisiéramos llevar a un nivel más extremo nuestro deporte”. Mierda, me estaba sinceramente gustando esa mujer más y más, y a punto estuve de tomarle la palabra. Creía atroz la solemnidad con que se recubría la generación de la especie: un afeite superfluo que al Connatus algún cura idiota y ocioso y chaquetero le había colgado, cohesionado además por nuestra inherente aberración a permanecer solos en la vida, y esta filosofía pitoperezca me pareció la quintaesencia de la viña de esta muchacha ebria. Nos pusimos a bailar desnudos la Persiana Americana o algo así antes de volvernos a arrojar el uno en el otro.

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                ¿Puede cometerse acto más suicida que intentar extraer amor donde sólo sexo como gota de agua donde sólo ardiente arena? Su “llanto ebrio”, caliente y  en apariencia inmaculado no había al fin y al cabo sido derramado para mí, por mucho que mi “manopesada” lo impeliese a fuerza de reiterados mezcales… Ahora que recuerdo a esa “muchacha ebria” y su aura insuflada de testosterona y desprecio, creo sin embargo seguir amándola, y aunque por algún tiempo me afané tras su rastro de cantina en cantina (ya como cualquier roto parroquiano), pude únicamente hallar sus huellas apócrifas en esos otros rostros femeninos cargados de espirituosos y rictus de dolor, como “marca pirata”. Tal vez hubo vuelto con su “tipejo mierdero”, y acaso hubieron procreado algún pequeño estropicio de sí mismos poco después de unirse en sacrosanto matrimonio; quizá se descerrajó un tiro en el pecho o brinco desde un quinto piso. Qué sé yo.
                Su alado y huidizo sexo, en cuanto mí, hízome deponer todos los eternos con su oropel metafísico y quimeras cantinescas, y ahora sólo pateo botellas de plástico vacías mientras ahuyento coloridas mariposas transfiguradas en gordas moscas que me asechan la consciencia sobre la avenida del DesAmor.